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  1. Mi honor está destruido y mi día arruinado

    Fuerza bro, fuerza ante la discriminación. Si no opinan como tú, no merecen tu atención. Ley de vida
  2. [Rumores] Un mundo vivo y cambiante

    El Rey lo Aprueba
  3. [Ficha] Anthony Lewison

    Atributos 6 Físico 6 Destreza 7 Inteligencia 7 Percepción Valores de combate 24 Puntos de vida 21 Mana 7 Iniciativa 7 Ataque a Distancia (Trabuco) 7 Ataque CC Sutil (Daga) 6 Defensa Físico 1 Atletismo Destreza 1 Trabuco 1 Daga 1 Arrojar/Lanzar 1 Cabalgar 1 Nadar 1 Sigilo Inteligencia 1 Leyes 1 Religión 1 Sanación/Hierbas 1 Tradición/Historia 1 Contabilidad 1 Geografía (Gilneas) 1 Peletería 1 Alquimia -Poción de salud débil -Poción explosiva débil -Poción corrosiva débil -Poción de piel de gólem débil 1 Toque vampírico 1 Detectar vitalidad Percepción 2 Comercio 1 Advertir/Notar 1 Buscar 1 Disfraz 1 Etiqueta 1 Rumores 1 Música (Órgano) Escuelas/Especializaciones Energía vital Poción corrosiva débil: Reduce en 1 la absorción de un único objetivo que lleve una armadura metálica, o en 1 el daño de un arma metálica de filo. Se necesita aplicar el líquido directamente sobre el metal, por lo que su uso ideal es vertirlo sobre el objetivo a una distancia de cuerpo a cuerpo, con una tirada enfrentada de Destreza contra la Destreza más Defensa menos Estorbo del objetivo para evadir la acción. No puede ser usada más de una vez sobre una misma armadura o arma. Los daños son leves y pueden ser reparados por cualquier herrero fuera de combate con acceso a una forja.Poción de piel de gólem débil: Endurece la piel del que lo bebe, otorgando +1 de Absorción durante tantos turnos/minutos como nivel de Alquimia del creador. Tras acabar el efecto la piel se resiente y queda sensible incluso a la picadura de un mosquito, otorgando -2 de Absorción durante el resto del día (Si el objetivo lleva armadura acolchada o no lleva armadura, la absorción puede alcanzar valores negativos y, efectivamente, recibirá daño extra de todas las fuentes físicas)
  4. Anthony Lewison [Humano, no-furro]

    Nombre de personaje: Anthony Lewison Raza: Humano Edad: 34 años Nacimiento: 03 de Octubre del año 3 antes del Portal Oscuro Altura: 1'78 metros Peso: 67 kilogramos Lugar de nacimiento: Hacienda Lewison, sur de Gilneas Ocupación: Ex-comerciante, desocupado a causa de la guerra Descripción física: Anthony es un hombre de piel oscura y un cabello igual de oscuro. Se ha dejado la barba por debajo de su nariz y por encima de la boca, en lo que comunmente se conoce como "bigote", acompañado de un cabello bien recortado y prolijo. Su altura no destaca demasiado ni tampoco su peso, pero al menos parece resistir bien el esfuerzo físico ante años de largos viajes, tanto a pie como montado, a lo largo de Gilneas. Descripción psicológica: Anthony es un hombre serio y educado, pero honesto y contundente al cual no le suele temblar el pulso a la hora de decir la verdad que todos saben pero nadie quiere oir. Jovial e incluso algo temerario en su juventud, los años han templado su temperamento hasta convertirle en un hombre arrojado, emprendedor y curioso, pero astuto y cuidadoso que sabe en donde debe pisar en donde no. Capítulo 1: El joven emprendedor El sol se colaba con cierta calidez por entre los ventanales de la hacienda de la familia Lewison; nobles en poco más que el nombre que poseían una minúscula cantidad de tierras en las zonas más montañosas al sur del territorio gilneano. Habían estado allí durante generaciones, aunque nadie parecía saber a ciencia cierta exactamente cuantos siglos. Con un total de tan solo 50 hombres ligeramente armados, suficiente para vigilar la hacienda y a un par de criadores de ovejas cercanos de cuyos impuestos suponían la totalidad de los ingresos de la casa noble. Era el año 15 luego de la apertura del Portal Oscuro. La nación gilneana acababa de quedar aislada al resto de Azeroth, y con los jefes de la revuelta bajo prisión parecía que esta estaba condenada a morir. En la hacienda construída con la oscura y gruesa madera de los pinos gilneanos, a un par de kilómetros de cualquier gran foco de civilización, se respiraba un aire calmo y una leve fragancia de inciensos, del gusto de la Señora a cargo de la hacienda, inundaba el aire. Allí residían junto a Lady Mia Lewison su esposo, Lord Edric Rooswelt con quien había contraído un matrimonio matrilineal bajo la bendición de las leyes Gilneanas y de la Iglesia de Gilneas. Bajo el techo residían además un cocinero, una limpiadora, un mayordomo, encargado de las finanzas y de cobrar las tazas a los criadores de ovejas cercanos, un comandante encargado de asegurarse que el puñado de hombres mal armados supiesen por donde sujeatar una pica y un iniciado de la Iglesia de Gilneas que había solicitado voluntariamente para actuar como capellán de la familia luego de que falleciese el último sujetándose el corazón, del cual entre sus nuevas tareas se encontraba aconsejar a la Señora en temas espirituales y educar a sus hijos en la doctrina de la Luz. Y finalmente, desde luego, no podían faltar los hijos de Lady Lewison: Siendo la mayor y heredera de la casa Aliane Lewison y su hermano 6 años menor, Anthony Lewison, que en aquel entonces había cumplido ya los 18 años. -No puedo creer que de verdad estés pensando hacerlo- Comentó Aliane a su hermano desde la puerta de su habitación, mientras dentro de esta se encontraba el propio Anthony preparando una mochila de viaje. -No tengo nada mejor que hacer. Si me quedo aquí simplemente acabaré siendo tu mayordomo y tendré que dedicar el resto de mi vida a cobrar tazas a un puñado de criadores de ovejas- El joven tenía en aquel momento una pequeña melena que alcanzaba a cubrirle la nuca, y mantenía la cara bien afeitada. Se colgó la mochila de viaje a espaldas y se dirigió a la salida de la habitación, mientras su hermana se apartaba para dejarle salir. -Madre no está satisfecha, sabes. Esperaba que te quedases- Anthony sabía perfectamente a que se refería su hermana. Desde pequeño había sido educado en matemáticas, invención y toda clase de ciencias, aunque la única que realmente le había calado había sido la alquimia, de la cual le fascinaba especialmente la teoría de la Panacea Universal de Rodrick Kyle, postulada hacía más de un siglo pero que nunca pudo ser desarrollada. Quizás su interés por un compuesto capaz de sanarlo todo había sido cultivado, en parte, debido a la enfermedad terminal con la que su madre cargaba desde hacía ya varios años, y de la cual era poco probable que le quedasen más que unos meses por delante. Pero viendo la relación de rebeldía que Anthony poseía ante su madre, cualquier podría haber deshechado la idea como una locura. -Bueno, es mi decisión, Ali- Comentó el joven, ya habiendo llegado fuera de la hacienda donde el comandante había preparado su caballo personal, "Señor Pepino". La verdad, se lo habían regalado a sus 14 años, cuando el caballo aún era una cría, y su madre esperaba que le colocase un nombre serio y a la altura de un noble, pero su hijo en su infinita rebeldía simplemente había optado por... Señor Pepino. Cuatro años más tarde se arrepentía un poco al pensar en lo ridículo que sonaba el nombre, pero se aseguraba de no hacérselo saber a nadie. -¿Ni siquiera te quedarías por mí?- Preguntó finalmente su hermana, mientras Anthony se subía encima de Señor Pepino, que poseía un pelaje marrón especialmente oscuro. La pregunta de su hermana no le atrapaba con la guardia baja, pero incluso así le había costado varios segundos responder. -Ni siquiera así. Es algo que debo hacer- -Pero han alzado una muralla enorme, Anthony. ¿Cómo se supone que piensas comerciar?- Mientras su hermana formulaba la pregunta Anthony dirigía una mirada rápida a la entrada de la hacienda, cada vez haciéndose más claro que ni su madre ni su padre saldrían a despedirse de él, pero bueno... Al menos el comandante y su hermana estaban allí. -Encontraré un modo. El reino seguirá nacesitando que alguien mueva los bienes de un lado al otro- Respondió Anthony aferrando las riendas, y claramente preparándose para partir -Eso es trabajo de campesinos- Respondió su hermana frunciendo el ceño, pero comprendía que no iba a cambiar el parecer de su hermano, el cual no le dio una respuesta. Ya se habían despedido antes, por lo que no hubo muchas vueltas que darle cuando Anthony finalmente puso al animal en marcha, alejándose lentamente por el camino que descendía por entre las colinas, alejándose de la hacienda Lewison y adentrándose en los bosques a los pies de las colinas -¡Ven a visitarme a veces!... ¡¿Me oyes?!- Gritó Aliane, pero o bien su hermano ya estaba demasiado lejos para oirle o sencillamente se había negado a mirar atrás. El caballo siguió su camino, hasta que finalmente había desaparecido en el bosque a lo lejos. Y aunque compartirían varias cartas a lo largo de los años venideros, aquella sería la última vez que Aliane vería en carne y hueso a su hermano menor... Capítulo 2: El negocio del dolor Los años no habían sido amables con el joven comerciante, que se había embarcado en una misión de riqueza determinado a forjar su propio destino lejos de los beneficios y, especialmente, deberes que su sangre acarreaba en medio del peor panorama que Gilneas enfrentaría probablemente jamás en su historia. Los primeros años habían sido caóticos y difíciles por sí solos, con las gigantescas tazas aplicadas al comercio y a la gente de a pie pesándole en su espalda como un segundo equipaje, y con el tiempo Anthony fue dándose cuenta de cuan difícil era realmente la vida para aquellos sin los beneficios de haber nacido con su sangre más azul que la del resto, pues lejos de su familia y autoexiliado el joven no poseía más derechos que el ciudadano medio, pero las cosas recién habían comenzado. Apenas 5 años luego de haberse marchado de su hacienda la guerra civil había estallado con fuerza en Gilneas, y pronto el joven comerciante había acabado atrapado al otro lado de Gilneas solo acompañado de Señor Pepino e incapaz de comuniscarse de alguna forma con su hermana, pues toda carta que intentaba enviar nunca era respondida, lo cual le dejaba claro que los mensajeros eran interceptados regularmente por ambos bandos intentando obtener migajas de información el uno del otro. Anthony, dentro de lo que cabía, había sido afortunado; no ligado a un juramento hacia ningún noble pudo evitar durante los más de 2 años que duraría la guerra civil el ser reclutado por un bando ni el otro, pero a menudo huyendo de patrullas tanto de uno como de otro. Fue en ese tiempo de caos, y en donde el comercio prácticamente estaba dado por muerto, que Anthony se había visto obligado a hacerse con un arma de fuego en condiciones para defenderse en los caminos de la ingente cantidad de bandidos que habían aparecido de la noche a la mañana con el despertar de la guerra civil. Intentaba vender sus productos entre los distintos pueblos, pero a menudo los soldados y levas hacían su tarea imposible y, cuando lograba obtener permisos para vender algo, los precios a los que debía vender sus artículos eran desorbitados si quería sacar ganancia. No era algo, sin embargo, que el comerciante estuviese dispuesto a hacer y muchas habían sido las noches que había dormido en un callejón y sin nada que comer por haber acabado vendiendo sus artículos a un precio menor en un intento de no destripar a los habitantes con precios inflados por la guerra. Afortunadamente, pasados dos años se había firmado un alto al fuego y Anthony creyó, en su ignorancia, que finalmente podría volver al negocio. Compró varios bienes a los productores locales de unas granjas a varios kilómetros de la capital gilneana y se encaminó a la gran ciudad, dispuesto a vender los artículos. Aunque la capital no era el mejor sitio para obtener grandes ganancias, era siempre dinero seguro y luego de que la guerra civil vaciase sus bolsillos no podía permitirse inversiones arriesgadas. Señor Pepino cargaba con varios sacos a sus costados y encima de su lomo, acostumbrado y familiarizado ya con su jinete, con el que había vivido toda clase de persecuciones de bandidos durante la guerra civil. O, al menos, a Anthony le gustaba creer que se trataban de bandidos, y no levas nobles. Sin embargo, al llegar a la capital Anthony se chocó con la terrible verdad; aquello que basado en rumores creía no era más que una plaga poco más molesta que los grupos de bandidos ocasionales resultaba que era tomado, por la gente de la propia capital, como una auténtica crisis. Hasta donde sabía, era un milagro que hubiese logrado llegar siquiera a la capital sin ser asaltado y degollado en el camino, o algo peor. Fue entonces, en ese momento, que Anthony supo que no iba a poder salir de allí a comerciar nada en ningún momento pronto. Con todo hombre y mujer en una fiebre de caza de aquellas ciraturas, saliendo y entrando constantemente de la capital, pocas opciones le quedaban. Se encaminó a la Iglesia de la Luz más cercana y allí pidió asilo, donde al menos podrían darle algo de sopa todas las noches mientras el comercio estuviese en ruinas. A cambio por la generosidad de la Iglesia, se había ofrecido a limpiar diariamente algún sector de la enorme catedral. Otro largo tiempo había pasado desde el momento que había decidido asistir voluntariamente a la Iglesia, movido en parte por un espíritu voluntarioso y en parte por pura necesidad de supervivencia. Pasados unos meses uno de los sacerdotes se había enterado de los conocimientos en la alquimia, las matemáticas, la historia y otros conocimientos en los que Anthony había sido educado, y tras correrse la voz antes de que se pudiese dar cuenta la Iglesia le había otorgado acceso a su biblioteca ante la promesa de intentar ayudar en la incansable búsqueda de una cura para la maldición. La biblioteca de la Iglesia era un constante ir y venir de toda clase de sacerdotes, voluntarios y alquimistas de la Iglesia a los que se les había concedido acceso de emergencia a la biblioteca. Anthony sabía que no podía hacer mucho más que nadie allí, pero no echaría a la basura la confianza de la Iglesia sin al menos haberlo intentado, y pronto comenzó a revisar cada libro y tomo de la biblioteca. Al comienzo eran libros de teología y religión, luego fueron libros de tradiciones y costumbres actuales y antiguas, historia, mapas de toda clase. A medida que más leía, más polvo tenían los libros que escogía, pero por mucho que lo intentó nunca encontró libros de conocimientos más esotéricos que meras tradiciones antiguas. Cansado y frustrado, Anthony se alejó de la biblioteca aquella tarde. Había llegado a un callejón sin salida en su investigación. La biblioteca de la Iglesia no tenía nada de utilidad, nada de información que pudiese ser útil, nada que se alejase del campo tradicional de investigación divina. Tenía la ligera premonición, un presentimiento recorriéndole la espalda de que ese era el motivo por el cual nadie lograba dar con una cura: Estaban mirando en el único sitio que conocían, pero no era donde debían mirar. Sin embargo, como cada ciudadano o noble medianamente normal de Gilneas, tampoco conocía muchas alternativas. Sus opciones eran indagar en el paganismo de los brujos de la cosecha, herencia de las antiguas tribus de Gilnea, o indagar en aquellos asuntos prohibidos para las almas mortales, aquellos asuntos más alejados de la Luz. Se encontraba ante una encrucijada en la que debía decidir en qué dirección continuar su investigación, si estudiar a los benévolos brujos de la cosecha... O ir más allá. La decisión no fue difícil: Iría a donde nadie había ido antes con su investigación. Completamente decidido en que tenía la clave para acabar con la maldición, necesitaba profundizar en los temas de la sangre y las artes prohibidas, lo que fuese, debía ir allí donde ningún fiel de la Luz se había atrevido a ir. Era el único modo, ¿cómo si no se explicaba que, tras casi un año y medio de intenso trabajo de investigación, ningún estudioso sacerdote o alquimista hubiese llegado a una cura o solución? La solución tenía que estar en un sitio en donde nadie estuviese mirando. Con eso en mente Anthony comenzó a reunirse con una serie de contactos en la capital de sus tiempos como comerciante, solo los de mayor confianza y dispuestos a adentrarse en búsquedas por fuera de la ley por algo de dinero. Un mes luego, tras una reunión en un callejón por la noche, Anthony finalmente se había hecho con los tomos necesarios para continuar su investigación, pero lo hizo lejos de la Iglesia, en una de las posadas de los barrios pobres de la ciudad. Luego de todo lo que había pagado para hacerse con los libros, tampoco se habría podido permitir otra cosa, y era un sitio sutil en donde era menos probable que la Iglesia de Gilneas le colgase por herejía. Con el paso de los meses el joven comerciante profundizó sus conocimientos sobre la detección y manipulación de la sangre por medio del vacío, energía antes totalmente desconocida para él. Había llegado ya a un punto en el que creyó que su investigación había llegado a un punto muerto ante la falta de especímenes vivos con los que experimentar, pero entonces el gran anuncio se hizo en toda la ciudad de Gilneas: Una cura había sido finalmente encontrada por nada más ni nada menos que el mismísimo Krennan Aranas, mayor alquimista de su generación. Con una cura finalmente encontrada supo que era mejor detener su investigación, pues no había razón para continuarla. Pero Anthony nunca se deshizo de los libros que tanto le había costado obtener, ni nunca había parecido arrepentirse de haber ahondado en aquellos temas. Y, una parte de él, quizás sabía que aquellos que se adentran en la oscuridad nunca salen realmente de ella, y lo cierto es que sabía que su alma quedaría a partir de ese momento marcada hasta su muerte por haberse atrevido a experimentar con aquellas artes. El tiempo continuó pasando, lento y agónico, en la capital de Gilneas. Era ya el año 26, llevaba 4 años encerrado en aquella ciudad y sobreviviendo de la caridad de la Iglesia de Gilneas, y el panorama no parecía mejorar ni indicar que aquello fuese a cambiar pronto. Siendo un solo hombre, con poca más defensa que un trabuco y un caballo que, aunque aún un adulto resistente entre su especie, los años comenzaban a pasarle factura. Salir a comerciar por un reino en crisis y repleto de criaturas que podrían convertirle en una de ellas no era una opción, incluso con una cura. No tenía ninguna intención de acabar junto a los Marcados, confinado entre cuatro murallas como si se tratase de un animal. Tampoco había tenido aún noticias de su familia, específicamente del destino de su hermana, que era aquello que más le preocupaba. No llegaban noticias. No tenía nada. O, durante un tiempo, eso creyó. Durante el año 27, llevando ya 5 años encerrado en la capital, Anthony solía mantener los ojos atentos a todo Marcado que hacían entrar a la capital, con la esperanza de... Quizás, algún día, ver a su hermana. Lo que le dejó la sangre petrificada, sin embargo, fue lo que nunca esperó ver, incluso aunque era el motivo por el que estaba allí: Encadenada junto a otros varios, marcada, sucia... La reconocería en cualquier sitio... Era Aliane. Inconsciente y apelotonada en una jaula junto a otros tantos. Intentó correr hacia el carromato, pero fue sujetado rápidamente por varios milicianos que lo alejaron. No había sido el único, y de hecho sabía que esas cosas sucedían siempre que traían Marcados a la capital. ¿Pero sucederle a él? ¿Cómo podía Aliane...? ¿Por qué?. Durante un segundo, mientras los milicianos le sujetaban y el carromato se alejaba en dirección a la barriada el mundo se desmoronó a su alrededor. Entendió que, incluso si aquellas bestias no eran un producto del Vacío como inicialmente había teorizado, su maldad había quedado probada ante sus propios ojos. En los meses siguientes Anthony se había convertido en otro de los tantos ciudadanos dando sermones por las calles, explicando una postura u otra. En el caso de Anthony, lo tenía claro: Todos los Marcados debían ser erradicados. Le pesaba en su alma cada palabra de aquellos discursos que pronunciaba mientras su hermana tenía la Luz sabía qué vida detrás de las murallas de la barriada, pero sabía que el único modo de asegurar que nadie tuviese que vivir la desgarradora imagen de ver a un familiar siendo arrastrado como un animal, de verlo CONVERTIDO en un animal, era la completa erradicación. Eran criaturas infecciosas, que transmitían una condición increíblmente difícil de controlar. Cuando un año más tarde se corrió la noticia de que había aparecido una flota de un "Imperio humano" de más allá de Gilneas, solicitando la inmediata anexión de Gilneas, Anthony se dedicó también a correr la voz sutilmente en pos de la anexión al Imperio, siempre atento a no acabar ejecutado por traición y midiendo sus palabras. La Muralla de Cringris no había traído más que sufrimiento, había destrozado su vida, les había llevado a todos a la ruina. Y, cuando el doble asedio a Gilneas comenzó, no estuvo sorprendido. Siguió alegando sutilmente y lejos de los oídos de los milicianos por la anexión al Imperio y contra la tiranía de Cringris, así como la erradicación de aquellas criaturas que habían desgarrado el reino. Capítulo 3: La caperuza bermellón y el lobo feroz Había pasado un año. Era el año 31. Tenía 34 años. Su nombre era Anthony Lewison, ex-comerciante arruinado por la guerra y el mal liderazgo del reino del Rey Genn Cringris, quien en su arrogancia había aislado Gilneas y permitido que sus propios problemas fracturasen y destrozaran el reino. Alegaba por la erradicación completa de los huargen, como se había arraigado el nombre ya entre los habitantes, pues su condición era demasiado peligrosa, inestable y dada a la propagación como para correr el riesgo de tenerlos vivos. Si alguna vez había compartido puntos de vista en común con la Iglesia de Gilneas, eso se encontraba en el pasado: Eran blandos y en su arrogante búsqueda de la amabilidad suprema, solo habían logrado debilitar una y otra vez un reino necesitado, desesperado de medidas contundentes. Su apellido noble, aunque con algún peso en algunos círculos, ya no valía nada. No tenía noticias de la hacienda Lewison, y sabiendo que quien probablemente era su señora se encontraba ahora encerrada a varios metros tras una muralla, tenía la certeza de que su pequeña dinastía se encontraba poco más que extinta. Aunque en los últimos dos años había descuidado su aspecto, creciéndole una larga barba y melenas que denotaban una completa dejadez en su vida, en los últimos días había decidido volver a cortarse el cabello, la barba... Se dejó su antiguo bigote, el que usaba cuando aún era un comerciante. Acarició el hocico de Señor Pepino, su fiel caballo ya envejecido por los años, pero que aún se aferraba a la vida. Ya comenzaba a ser difícil costearle comida, agua y alojamiento en un establo, pero no podía abandonarlo, incluso si a veces suponía pasar hambre él. Era su compañero. Era lo que le quedaba. A su espalda, recientemente, había comenzado a cargar una vez más el viejo trabuco que había comprado al estallar la guerra civil gilneana. La hora de los discursos no había acabado, pero ahora era el momento de apoyar sus ideales con algo más que palabras.
  5. [Beta] Sistema de Raciales de PyE

    Yo solo paso a decir que creo que con un -1 a Sigilo, Escalar y Robar bolsillos me parece suficiente. Y me atrevería a añadir un -1 a la Iniciativa para representar la lentitud de su tamaño sin necesidad de meter todas las penalizaciones de combate que sugiere Akross. Como... Bueno, las mazas, que tienen menos iniciativa por su tamaño, pero ningún penalizador al ataque ni nada así.
  6. [Ficha] Tiagus Rollers

    Atributos 7 Físico 8 Destreza 6 Inteligencia 5 Percepción Valores de combate 28 Puntos de vida 18 Mana 7 Iniciativa 9 Ataque CC (Desarmado (Equilibrado)) 7 Ataque a Distancia (Ballesta ligera) 10 Ataque CC (Espada pesada) 9 Ataque CC (Daga) 10 Defensa Físico 2 Atletismo 2 Desarmado (Equilibrado) Destreza 1 Ballesta ligera 2 Espada pesada 1 Daga 1 Cabalgar 2 Escalar 2 Defensa 2 Nadar 1 Robar bolsillos 2 Sigilo 2 Trampas/Cerraduras Inteligencia 1 Sanación/Hierbas 1 Tradición/Historia Percepción 2 Advertir/Notar 1 Callejeo 1 Disfraz 2 Reflejos 1 Rumores 2 Música (Canto) Reglas Especiales: Cojo: Este individuo está cojo. Tal vez por un accidente, una herida, o una infección, ha perdido una de sus dos piernas. Tal vez la sustituya por alguna clase de prótesis arcaica, como una pata de palo. Sea como sea, esto le genera serias dificultades a la hora de desenvolverse en muchas situaciones. Efecto: El personaje tiene un -2 extra a la hora de realizar acciones de "Correr". El personaje sufre una penalización de -2 a la hora de destrabarse de combate, o impedir que otros se destraben de él. Sufre un -2 a toda acción fuera de combate que requiera substancialmente de una habilidad notable con las piernas (Bailar, Escalar, Nadar, Sigilo, etc...) // El -2 con la ballesta no es un error, es un penalizador autoaplicado, como nota para futuras correcciones de habilidades.
  7. Tiagus Rollers

    Nombre del personaje: Tiagus Rollers Raza: Humano Sexo: Hombre Edad: 31 años Cumpleaños: 08 de Enero Altura: 1’75 m Peso: 70 kg Lugar de nacimiento: Villadorada, Bosques de Elwynn, Reino de Ventormenta Ocupación: Intentar matar dragones (y fallar), intentar no perder órganos no-vitales (y fallar), intentar no morir (con milagroso éxito) y meterse en problemas (con rotundo éxito). Mercenario, pero no le gusta que le llamen así o te parte la cara. Es un héroe y los héroes no son mercenarios. Descripción física: Un adulto moreno de constitución ligeramente delgada pero bien entrenado y de excelentes condiciones físicas. Tiene una cicatriz que le cruza de manera vertical por donde debería estar su ojo derecho, pero lleva un parche. Su cabello es negro y largo en forma de melena, grasoso y mal lavado (o quizás no lavado en lo absoluto). El aire tiende a volverse más denso en su presencia, emanando un aura similar a “Probablemente no ha tocado el agua en los últimos 12 meses”. De ojo verde y una mirada llena de energía y determinación. Descripción psicológica: Buscapleitos de energía inacabable. A veces se dice que perro que ladra no muerde, pero no es su caso. Ladra muy fuerte y luego muerde aún más fuerte. Tiene intenciones de salvar Azeroth de todo lo que él considere un peligro desde su posición claramente objetiva y racional. Es especialmente grosero con los miembros de otras razas. Es especialmente grosero con otros humanos. Es especialmente grosero con los animales. Es especialmente grosero con las autoridades. Es especialmente grosero con las clases bajas. Le gusta los gatos y beber leche en la taberna. Pero es especialmente grosero con los taberneros. Te parte la cara. Te mete un espadazo que te revienta. Luego te invita a comer. A veces quiere ser gracioso pero no le sale bien. Peligro de depresión extrema al charlar de temas muy concretos. Pero se le pasa con comida. Historia: 101 años atrás… Año 70 antes del Portal Oscuro Teigan y Rodrick Ridley -¡Vamos Teigan, llegaremos tarde a las lecciones de historia del viejo Wayne!- Teigan y Rodrick Ridley se trataban de dos gemelos de 15 años. Aunque nobles de nacimiento, su casa había carecido de tierras o importancia desde hacía ya más de 50 años, haciendo del apellido poco más que un honorario inútil, aunque en la práctica era lo único que había hecho que su madre, Helen Ridley, hubiese sido llamada como consejera de una casa menor de Lordaeron para encargarse de la administración y las cuentas que los señores se negaban a hacer con sus propias manos tras años de orgullo y arrogancia. Helen tenía ahora 40 años y llevaba 20 de servicio a la casa de su señor, los Wilton, habiendo contraído matrimonio con un plebeyo de clase baja dos años luego de llegar y tres años luego de casarse, tuvo a sus dos hijos gemelos: Teigan y Rodrick. Desde entonces ambos niños habían crecido bajo la tutela de su madre y bajo el cobijo del señor al que su madre debía lealtad: Lord Wilton. El “viejo Wayne” se trataba del comandante de las fuerzas de la casa noble, que había crecido apegado a ambos jóvenes con el correr del tiempo y a quienes, fruto de su avanzada edad, adoraba dar lecciones de historia en su tiempo libre a ambos jóvenes mezcladas con lecciones marciales. El “viejo” Wayne tenía la esperanza de poder sacar un sucesor digno de entre ambos jóvenes para comandar las fuerzas de los Wilton cuando él ya no estuviese… Y el tiempo probaría si su juicio estaba equivocado, o en lo cierto. 93 años atrás… Año 62 antes del Portal Oscuro Teigan y Rodrick Ridley -Comandante Rodrick Ridley, ¿eh?- Teigan se cruzó de brazos sonriendo de medio lado a su hermano. La breve y modesta ceremonia del nombramiento de un nuevo comandante en la casa Wilton ya había acabado y los pocos que se habían acercado a ver en la hacienda de la familia ya se dispersaban. Uno de los gemelos se encontraba ataviado con su vestimenta más elegante, con un peto con grabados y un sable colgando de su cintura, además de una insignia con el símbolo de la casa Wilton en su brazo derecho que ahora lo identificaba como el comandante de sus fuerzas. -Supongo que el viejo peto del viejo Wayne no te queda tan mal- continuó Teigan mientras su hermano lo miraba con seriedad y una mirada analítica. Tras eso Rodrick se acercó un par de pasos y colocó su mano derecha sobre el hombro de su hermano. -¿Podemos hablar?- Ambos gemelos se habían alejado ya unos metros hacia un pequeño bosque de pinos cercano a la hacienda. -Lord Wilton me ha pedido que te diga algo, Teigan- comentó con tranquilidad el ahora comandante mientras caminaba con su hermano con las manos tras la espalda, observando con detalle el bosque. Su hermano simplemente se iba desperezando por el camino con total despreocupación y una sonrisa constante. -¿Sí? Digo, claro que sí. Entiendo que no puede nombrar a DOS comandantes, pero ya sabes. Sé que las levas de Lord Wilton son pocas, pero tenga esta increíble idea de crear aún así dos mandos por DEBAJO DE TI ¡y así yo podré ser algo!- Mientras Teigan comentaba sus ideas, Rodrick de pronto se frenó y se giró hacia su hermano con la mirada envuelta en seriedad. -Teigan, eres un pésimo comandante, Lord Wilton no te dará un puesto de mando de nada relacionado con sus hombres. Además son pocos, y con un comandante es más que suficiente.- Teigan para ese momento ya había borrado su constante sonrisa, pero antes de poder replicar Rodrick continuó -Careces de cualquier habilidad mágica, por lo que no puedes ser el asesor mágico de Lord Wilton, careces de educación religiosa para pedir a la Iglesia que te acepte como capellán y te designe aquí, tienes… Nulas capacidades administrativas, por lo que dudosamente puedas ocupar el puesto vacante de madre… Y tienes la habilidad diplomática de una piedra con musgo- Acabó sentenciando Rodrick con la mirada seria. Su hermano gemelo hacía rato que había borrado su sonrisa y se le había ido de la cabeza cualquier línea de diálogo para poder quejarse de lo que su hermano decía. Era todo verdad, pero el modo en el que había sido expuesto le había dejado de piedra… Y se lo había dicho nada menos que su hermano gemelo, con quien había crecido, incluso si había sido por orden de Lord Wilton. -Pero…- -Sin peros, Teigan. Encuentra algo en lo que ser útil o…- Rodrick apartó la mirada y entrecerró los ojos, con las manos tras la espalda y una pesadez indescriptible en su tórax. -O tendrás que irte. Lord Wilton no quiere cargar peso muerto.- El bosque se quedó en silencio y una suave brisa sopló, moviendo algunas hojas muertas por debajo de ambos gemelos. -Entiendo.- Y el bosque volvió a estar en silencio… 92 años atrás… Año 61 antes del Portal Oscuro Teigan y Rodrick Ridley -¡Atrapadlo!- Los ladridos de los perros de caza de Lord Wilton sonaban por todo el bosque. Era de noche y hacía frío, pero no tenía otra opción. Teigan corría por el bosque a toda velocidad, saltando obstáculos, trepando los que no podía saltar y cortando con su espada aquellos contra los que no podía hacer ninguna de las otras dos cosas. Su respiración era agitada y un sudor frío le corría por el rostro por debajo de la capucha y el embozo. Por un segundo se detuvo junto a un diminuto río a recuperar el aliento. Aún con los ladridos de los perros de fondo y la adrenalina haciendo que sus latidos retumbasen en sus oídos, metió las manos en el agua y dio un trago. Luego volvió a tomar del suelo el pesado saco que tantos problemas le estaba dando, emitiendo varios sonidos metálicos dentro, y observó en todas direcciones, pensando un modo de sortear el río. No podía saltar, trepar ni cortar a espadazos su camino a través de esto. Intentó correr por la orilla del río hasta dar con un puente, un árbol caído o rocas que le permitiesen pasar, pero apenas un par de docenas de metros más adelante fue interceptado por un joven moreno con un sable en la mano y un peto con grabados, que rápidamente se abalanzó y se interpuso en su camino, bloqueándole la carrera. -¡Eso es propiedad de Lord Wilton! ¡Devuelve lo que has robado, ladrón, y quizás se te perdone la vida!- Teigan tragó saliva. ¡No! No era momento de dudas. Aferró el saco con más fuerza en su mano izquierda y se dio la vuelta para correr en dirección opuesta, pero el joven moreno no tardó en seguirle detrás. Como un chico que había crecido haciendo bromas en la haciendo de Lord Wilton para luego huir de los consejeros, correr rápidamente y evitar obstáculos era el ambiente natural para Teigan. Pero su destreza en evitar obstáculos no podía ni siquiera equipararse al buen estado físico del comandante que le seguía por detrás. Finalmente la suerte le dio un revés a Teigan como siempre lo hacía, y tropezando con una enorme raíz de árbol en su camino cayó al suelo, el saco voló dos metros por delante y cayó al suelo derramando varias monedas, así como una diadema de plata que Teigan reconocía, pues la había visto siempre durante su infancia: era aquella que portaba el heredero primogénito de Lord Wilton. Estaba seguro de que valía bastante, y saber en donde la dejaba el primogénito durante las noches para descansar le había ayudado a hacerse con ella con facilidad. Pero ahora de poco importaba, pues tan pronto trató de ponerse de pie sintió la bota del comandante en su espalda impidiéndoselo y, aunque no lo veía, sabía que el sable estaría apuntando en su dirección. -Ríndete, ladrón- Dijo entre jadeos el comandante de las fuerzas de Lord Wilton. -Vendrás conmigo y devolveremos lo que has robado a su señor, y luego serás entregado a las fuerzas de Lordaeron para que sentencien tu castigo.- El comandante, de ojos verdes y pelo negro, hizo al ladrón darse la vuelta y entonces removió con brusquedad la capucha y el embozo. Ambos hombres permanecían en completo silencio mientras los ladridos de perros de caza y los gritos de algunos hombres sonaban haciendo eco en la lejanía del bosque. -… Teigan…- La voz de Rodrick fue la primera en sonar, como un hilo tensado hasta su límite que estaba ahora a nada de romperse en dos. Teigan permaneció en silencio, con un nudo en la garganta impidiéndole responder nada en ese momento a su hermano. -¿Qué has hecho? No puedes ser tú…- Teigan tragó saliva. Entonces el nudo en su garganta se desató -¡No tenía otra opción, Rodrick! Lord Wilton no me quiere aquí, ¡BIEN! ¡Pero si me iba a obligar a irme, al menos quería tener una vida decente!- Los ojos de Teigan se humedecieron, y los de Rodrick no tardaron en hacer lo mismo. Los del primero llenos de ira, los del segundo… De pena. -Esto es un crimen muy grave. Tú… Deja las cosas de Lord Wilton atrás y vete. No vuelvas jamás o te delataré, Teigan. Simplemente…- Los ojos de Teigan en aquel momento eran del tamaño de dos lunas -¡NO PUEDES HACERME ESTO! ¡Solo quería- -¡No tiene justificación, Teigan! Solo… Vete. No me importa a donde, otro reino, ¡Gilneas!... no lo sé. Solo vete.- Rodrick se acercó al saco y comenzó a juntar las monedas y la diadema, arrojándolo todo dentro de la bolsa. Teigan se puso de pie lentamente, observando con un aire de derrota a su hermano. -Sin ese dinero no podré hacer nada…- -No me importa. Esto no es tuyo.- Rodrick se colgó el saco a espaldas y comenzó a avanzar entre los árboles, dejando a su hermano gemelo atrás. No tuvo la fuerza de mirar atrás. Solo pudo oír un leve sollozo de su hermano antes de largarse a correr por la orilla del delgado río, buscando un sitio por donde cruzar y huir de allí. Rodrick ya había vuelto a la hacienda y devuelto sus cosas a Lord Wilton, quien había quedado completamente satisfecho. Se habían levantado algunas sospechas sobre Teigan al nadie encontrarle en la hacienda, pero trató de aliviarlas diciendo que se había llevado a Teigan a perseguir al ladrón y se separaron. Había mentido también sobre la descripción del ladrón, diciendo que era un joven pálido de 17 años que, luego de arrebatarle lo que había robado, había huido. Los días pasaron. Rodrick no supo más nada de Teigan, pero con sus cosas de nuevo en su poder, Lord Wilton no se molestó en indagar más. Teigan Ridley fue dado por desaparecido. Rodrick continuó con su vida como consejero marcial de Lord Wilton… Y sus caminos con su hermano jamás volverían a cruzarse en esa vida. 86 años atrás… Año 55 antes del Portal Oscuro Rodrick Ridley y Teigus Rollers El viento soplaba pacífico fuera durante la noche. Un aire de tranquilidad se respiraba luego de que el médico del nuevo y más joven Lord Wilton hubiese asistido al parto de Rodrick y su esposa. Una pequeña niña había nacido. La educaría para algún día ocupar su lugar… Y la llamaría Helen. Helen Ridley. Y sería la mejor comandante de los bosques de Tirisfal. Rodrick sonrió a su esposa ligeramente, que se encontraba agotada por el esfuerzo. Se asomó con la pequeña niña y la abrazó. Eran lo único que tenía ahora. Eran su nueva familia… ______________________________________________________________ El viento soplaba pacífico a su alrededor durante la noche. Un aire de tranquilidad se respiraba mientras el ahora autoproclamado Teigus Rollers abrazaba a su pareja mientras observaba las tierras que acababa de comprar. La vida no le había resultado fácil, había tenido que huir lejos de Lordaeron luego de la traición de su hermano y el intento de robo a Lord Wilton… E incluso había tenido que dejar su viejo nombre atrás por el temor de que, si algún día se daba a conocer su grave crimen contra la nobleza, fuesen capaz de rastrearle hasta su nuevo hogar en Gilneas y poner en peligro a la nueva familia que estaba tratando de comenzar. Ahora que trabajando duramente en ese nuevo reino como mercenario y explorador, revendiendo toda cosa que obtenía en sus viajes y aventuras por Gilneas, había logrado al fin comprar un pequeño trozo de tierra en el que trabajar algunos cultivos era hora de pensar en armar una nueva familia con el amor de su vida. Estaba listo para asentarse y transmitir una nueva vida de paz a sus descendientes, trabajando la tierra y lejos de los problemas del pasado, incluso si había perdido su apellido noble por el camino. Los Rollers era un nuevo comienzo… 19 años atrás… Año 12 Tiagus Rollers -¡Vamos Isaac, debemos encontrar a ese perro!- Tiagus Rollers, un muchacho de 12 años, correteaba por las calles de Villadorada; con su cabello negro, su piel morena y sus ojos verdes llenos de energía. La guerra contra los orcos los había afectado duramente a él y a su amigo, Isaac Person. Ambos habían pasado un tiempo refugiados en Lordaeron con sus madres, en donde se habían conocido, y ambos habían visto a sus padres salir a luchar contra los orcos. El único que había regresado, sin embargo, era el de Tiagus. -¿Y luego qué?- Preguntó Isaac, un muchacho rubio, de piel clara y ojos celestes que parecía tener un año más que Tiagus. -¡Y luego le damos su merecido!- -¿Por qué?- -Bueno, ¡¿por qué más?!- Tiagus se frenó y se dio la vuelta, con los mofletes hinchados -¡Por perseguir a ese gatito hasta el árbol!- -¿Y cómo le darás su merecido?- -¡Con una PATADA SUPERGIRATORIA ROLLERS!- Gritó con entusiasmo el muchacho moreno alzando los brazos -No creo que funcione. Y oye, ¡podrías hacer daño al perro!- -Pffff, ¡claro que no! Es un perro, esos bichos resisten lo que sean- -Oye, a mi me gustan los perros- Ambos muchachos volvían a corretear por el pueblo, buscando al susodicho animal e intercambiando gritos de un lado al otro -¡Pero a mí no! Prefiero los gaaaaah!- Tiagus tropezó y cayó al suelo, raspándose la rodilla -Ugh…- -¿Estás bien?- Comentó Isaac acercándose y tendiéndole la mano. Cuando Tiagus estuvo de pie solo se sacudió un poco la tierra y asintió. -Claro, ¡ahora sigamos buscando a ese perro!- El muchacho rubio simplemente se rascó la nuca en respuesta -Sobre eso, tengo que ayudar a mi madre con algunas cosas, así que creo que deberíamos abortar la misión- Ah, bueno… ¡Claro! Lo terminaré solo, ¡por nosotros!- -Claro. Nos vemos, Tiagus- -¡Adiós!- Tiagus alzó y sacudió la mano, pero Isaac ya estaba de espaldas y se alejaba. Bajó la mano lentamente. Buscó el perro durante casi una hora más por su cuenta, pero la búsqueda no tuvo frutos. Pero al menos había logrado tomar prestada una manzana del mercado para la vuelta a casa, si por tomar prestada se entiende el tomar sin permiso y sin fecha de vuelta. Como un muchacho creciendo con una gran autonomía había aprendido toda clase de trucos por la ciudad, y a veces incluso se escapaba a los peores barrios arrastrando a Isaac con él, alegando que eran aventuras. A veces le regañaban por ello. Pero en ese momento, debía darse prisa por volver a casa tras acabar su manzana. ¡Tenía un increíble raspón que mostrarle a su padre! ¡Una prueba más de la resistencia de Tiagus Rollers! 13 años atrás… Año 18 Tiagus Rollers Tiagus pasó una mano por las marcas en uno de los árboles a las afueras de las murallas de Villadorada, con Isaac a su lado. Ambos eran ya jóvenes “adultos” de 18 años. -Y pesar que solías golpear este árbol con una vara y los puños y… Un cuchillo de la cocina para entrenarte como luchador- Comentó Isaac cruzado de brazos, dos pasos por detrás de Tiagus. -Y ahora soy uno de los mejores espadachines de Elwynn- Comentó Tiagus con un aire solemne, dos pasos por delante de Isaac -Yo no iría tan lejos, campeón- Comentó Isaac con un aire burlesco, dos pasos por detrás de Tiagus. -A que te parto la cara- Comentó Tiagus con un tono ligeramente hostil, dos pasos por delante de Isaac -Paso- Comentó indiferente Isaac, dos pasos por detrás de Tiagus. De la espalda del joven moreno colgaba ahora un manto de color gris, y del mismo modo colgaba de su cintura un sable y un carcaj con algunos virotes para su ballesta. Caminando cerca de la muralla se acercó otro muchacho de casi la misma edad que Tiagus, con el mismo manto y de cabello marrón -Eh, Tiagus. Solo faltas tú para partir- -Ah, claro Jericho. Ya voy, dame un segundo más con Isaac- El joven de cabello marrón asintió y se retiró de nuevo caminando cerca de la muralla al interior del pueblo. -Entonces te vas de verdad- Dijo Isaac detrás de Tiagus -Bueno, debería de ser solo un par de años, o tres, ya sabes… El primogénito tiene que cerrar algunos tratos con algunas casas del norte- Tiagus se dio finalmente la vuelta, observando a Isaac con las manos apoyadas sobre la cintura -Le tomará algún tiempo, pero su padre cree que servirá para pulir su habilidad diplomática- Acabó por comentar. -Bueno, solo trata de no morir en el camino o algo- Dijo su amigo, y comenzaron a caminar al interior de Villadorada. -¿Me acompañarás hasta el puerto? Estoy seguro que no te querrías perder como el mejor espadachín abandona la tierra madre, embarcándose en una importante misión en las lejanas tierras del norte- -Una importante misión de oír nobles todo el día lanzándose indirectas por la espalda- -Sí, bueno, estoy en proceso de convertirlo en una misión más épica. Improvisaré algo.- -Vamos, deja de hablar y démonos prisa o encima llegarás tarde al puerto y te dejarán atrás.- 12 años atrás… Año 19 Tiagus Rollers -¡Y así, fue como derroté al terror de Elwynn!- Lilián soltó una risilla ante el comentario de Tiagus. Se trataba de una muchacha joven de cabello marrón, ojos grises y piel clara nativa de Costasur: la segunda parada del señor al que Tiagus había jurado servir, y el cual de alguna forma le había nombrado a él encargado de liderar a su guardia personal en el norte. -No necesitas mentir Tiagus, eres impresionante sin necesidad de las exageraciones.- La muchacha se inclinó y depositó un beso en los labios de Tiagus, antes de levantarse de la mesa de la posada. -Iré a revisar como está mi madre- -¡Te acompaño!- Tiagus se puso de pie rápidamente, pero Lilián le posó una mano sobre el hombro -Los médicos te prohibieron la entrada, ¿recuerdas?- Esbozó una leve sonrisa y se dio la vuelta -Nos vemos esta noche en el puerto- Y tras eso la muchacha se dirigió a la salida. Ahora estaba solo y necesitaba encontrar algo con lo que entretenerse. Se dirigió fuera de la taberna y comenzó a caminar lentamente. Costasur le parecía una ciudad simpática del norte. Algo en su pecho y sus fuertes sentimientos por Lilián le decían que quizás sería un buen sitio para asentarse, pero no quería renunciar a una vida de aventuras tan pronto, además de que le ligaba un juramento a un señor del sur. Pero le había prometido a la mujer que tan pronto el hijo del señor al que servía acabase todos sus asuntos en el norte, volvería al sur e intentaría persuadir al señor mismo de liberarle de su juramento, aunque en el fondo sabía que era una fantasía que quizás no tuviese éxito. Pero por el amor a la Luz, era Tiagus Rollers y no iba a rendirse sin haberlo intentado al menos un millón de veces. Habría agradecido si hubiese tenido un gemelo al cual cambiarle de lugar, darle su puesto en la guardia del primogénito y la paga y todo lo que significaba a cambio de la libertad. Y a pesar de eso le dolería, pues en el fondo también sentía aprecio por la casa a la que servía y que había acogido a un muchacho revoltoso de Villadorada entre sus sirvientes. No todos los días veía algo así ocurrir; y justo le había ocurrido a él. Aburrido y con aún un par de horas por delante antes de rencontrarse con Lilián, Tiagus se dirigió a revisar como se encontraba el primogénito… 11 años atrás… Año 20 Tiagus Rollers Tiagus estiró en la cama. Era una cama espaciosa para dos personas, y girando la cabeza pudo ver que la luz del día brillaba ya con fuerza fuera, aunque había varias nubes. Dirigió la mirada a su derecha, pero el otro espacio en la cama estaba vacío. Lilián ya se habría levantado. Estiró la mano tomando su ropa y comenzó a vestirse. Se acomodó bien el manto gris sobre su espalda y acomodó su sable en su cintura. Saliendo de la habitación no pudo ver a Lilián. Tampoco le preocupaba, solía ir por las mañanas a visitar a su madre al cementerio de la ciudad, así que aún se encontraría allí. Tomó la copia de las llaves y cerró la puerta al salir, encaminándose a la posada. Había encontrado una pequeña falla en su plan al quedarse: No tenía trabajo en Costasur. Pero Lilián pronto había solucionado eso, consiguiendo que aceptaran a Tiagus como asistente en la cocina de la taberna. Sabía hacer una o dos cosas, pero no estaba a la altura de una taberna y al final le habían acabado destinando a atender a los clientes. Al menos ganaba unas monedas. Sin embargo, se detuvo un segundo a medio camino hacia la posada. Sentía una presión indescriptible en el pecho. Desde hacía varios meses había sabido ya que Lilián llevaba un niño en su vientre… Pero aún no sabía como reaccionar. Lentamente se desvió de su camino a la posada y se encaminó hasta el puerto, en donde se sentó observando el mar. Hacía medio año había tenido que tomar la decisión más difícil de su vida: Se le había presentado la oportunidad de continuar viajando por el norte y dejar a Lilián atrás como un romance pasajero, o ceder las aventuras y permanecer junto a Lilián. Había escogido la segunda opción, pero ahora… Ahora ya no estaba tan seguro. Ahora Lilián esperaba un niño y, ¿qué ocurría si él no estaba listo para esa clase de vida? Era un paso muy grande, un paso enorme que cambiaría su vida… Le ataría. Le cortaría las alas. Nunca más podría moverse de esa ciudad hasta que el niño o niña no fuese mayor, tendría que ser un padre… ¡Y él era aún demasiado joven! ¡Lilián también! En el fondo sabía que sus pensamientos eran despreciables, pero eran solo pensamientos. Era una persona de honor. Protegería a Lilián y a su futuro hijo o hija a como diese lugar, incluso si debía sacrificar su vida en el proceso, su libertad… Todo. -¡EL NORTE! ¡EL NORTE ESTÁ EN GUERRA!- Un grito proveniente de detrás suyo le despertó de sus pensamientos. Parecía que había una enorme conmoción en la entrada a la ciudad, así que se puso de pie y se dirigió corriendo. Cuando llegó, todo lo que podía ver era a los soldados de Lordaeron en la puerta y un hombre que no dejaba de gritar de manera casi desquiciada algo sobre una guerra y muertos vivientes. Pronto más refugiados habían llegado en apenas minutos y toda la ciudad se encontraba en estado de alarma, con los soldados de Lordaeron corriendo de un lado al otro. Ya había escuchado que no se tenía noticias de la capital desde hacía un día, pero esto… ¡Una guerra! ¿Contra criaturas oscuras? Lilián apareció entre la multitud, parecía haber estado buscando a Tiagus y le aferró la mano al encontrarlo. -¡Tiagus! ¿Qué ocurre?- -Algo ha ocurrido al norte del reino. Ve a la casa- Lilián dudó un segundo, pero pronto se dio la vuelta y se dirigió de manera apresurada a su hogar. Tiagus tragó saliva y se acercó a uno de los refugiados -Tú, ¿qué ha ocurrido con el norte?- Saltando directo al grano, Tiagus observó de manera detenida al refugiado. Estaba mal herido, pero vendado lo suficiente para poder alcanzar Costasur. -¡Es Lordaeron, ha caído! ¡Todo caerá! ¡Los muertos se alzan de su descanso y atacan a los vivos, por todos lados!- El refugiado se encontraba claramente trastornado por lo que sea que hubiese visto. Las palabras “Muerto” y “Viviente” eran sencillamente difíciles de imaginar juntas, pero allí estaba él, espetándolas a los cuatro vientos. Él y otros muchos refugiados que le daban credibilidad a una historia que, bajo otras circunstancias, habría sido imposible de creer y desechada. -Quiero que los exploradores tracen un perímetro y vigilen los alrededores- Podía oír de fondo a los soldados ya tomando acción, a los ciudadanos cotillear alarmados, los refugiados. Pero era la noticia lo que le aturdía más que los sonidos. Una guerra significaba que el hijo del señor estaba en peligro, aquel que había intercedido ante su padre para reclutar a Tiagus, un revoltoso de Villadorada y su amigo. Si lo que los refugiados decían era verdad, todos estaban en peligro. Y fuese lo que fuese ponía en peligro también a Lilián si no era detenido. No tenía otra opción… O quizás simplemente quería creer que no tenía otra opción. ¡En cualquier caso, Lordaeron le necesitaba ahora más que nunca! Necesitaba evitar que el avance de las criaturas descritas por los refugiados llegasen a Lilián. Se encaminó corriendo a la casa y entró. Lilián estaba allí -¡Tiagus! ¿Qué está ocurriendo fuera? Todo el mundo se oye preocupado- -Han llegado refugiados afirmando que Lordaeron ha caído a mano de unas criaturas. Tengo que ir a luchar, Lilián.- Se hizo el silencio algunos segundos -¡Tiagus, te necesito aquí!- -No lo entiendes, Lilián. Yo…- Por un segundo iba a decirle que todas las personas que conocía se encontraban en el corazón de Lordaeron, que tenía que ir a por ellos… Pero no. -¡Simplemente tengo que ir, Lilián!- Tiagus apartó la mirada, pero la muchacha tenía un don para leer a las personas y saber cuando no debía intervenir o indagar más. Simplemente asintió con la mirada apagada. -Te escribiré en cuanto pueda, si las cosas se ponen difíciles lárgate al sur- Tiagus dio un último beso a Lilián -Adiós, Tiagus…- Fue lo último que dijo, antes de que Tiagus se diese la vuelta y saliese de la casa. Todo hecho, solo quedaba una cosa por hacer. Se encaminó a la salida de la ciudad y emprendió la marcha junto al primer grupo de exploradores de Costasur lo suficientemente valiente o estúpido como para intentar adentrarse más al norte e indagar sobre la situación de Lordaeron. El viaje por el camino de Costasur se hacía más espeso con cada paso que daban y el pánico claramente comenzaba a invadir el corazón de los hombres alrededor de Tiagus. En un par de ocasiones había intentado animar la marcha y aligerar el ánimo, pero no era el tipo de persona que servía para ese tipo de cosas; uno creería incluso que había empeorado la moral del pequeño grupo de 5 valientes. Finalmente tras mucho rato caminando habían encontrado el suicidio que buscaban, y la respuesta a una terrible incógnita. De los lados del camino aparecieron horribles constructos de carne y hueso que parecían tener más garras que carne. No tenían un nombre para llamarle en ese momento más que “Los muertos”, pero más tarde serían denominados por el mundo como “Necrófagos”. Aquellos horrores habían cortado la armadura de los dos soldados mejor armados del grupo como si fuese papel, pero por desgracia no venían solos. Mientras el grupo trataba de defenderse malamente contra la emboscada por los lados de aquellas criaturas infernales por el camino aparecieron auténticos esqueletos con espadas y escudos cargando contra los soldados. Flanqueados por los lados y con un ataque directo por el frente el grupo rápidamente estaba comenzando a ceder, pero el peor momento del combate llegó para Tiagus cuando uno de los esqueletos alzó su espada y asestó en la cara del espadachín, realizando un horrible corte vertical y, como cabría esperar, cegándole del ojo derecho. En ese momento le era imposible distinguir si se trataba de ceguera temporal o permanente, pero tampoco tenía tiempo para pensarlo, con un veloz arrebato desarmó al esqueleto, pero cuando lo creía ganado un necrófago le flanqueó por el lado ciego tras acabar con uno de sus compañeros, arrojando al espadachín contra el suelo. Pudo sentir un golpe en la nuca y sus sentidos fallarle por unos segundos, pero no había llegado a perder la consciencia por el golpe. Llegó a ver varios destellos de luces doradas mientras trataba de ponerse de pie, pero solo podía ver la sangre caer desde su cara en donde debería tener el ojo. Finalmente, tras un enorme destello de luz blanca el dolor y la pérdida de sangre le hicieron sucumbir, y todo pasó de un completo brillo blanco y cegador a una nada vacía y oscura…. 9 años atrás… Año 22 Tiagus Rollers Un anciano de larga barba permanecía sentado en una silla mecedora a su lado, fumando de una pipa. -¿En dónde estoy?- Preguntó aún aturdido Tiagus, tratando de recobrar sus sentidos. Podía jurar que había algo que no iba bien… -¡Vaya, la princesa durmiente ha despertado! Eso sí que es una sorpresa. Estás en mi casa, desde luego. Es una cabaña un poco en el medio de la nada, pero bueno… ¡Parece el mejor sitio para estar estos días, cuando estás rodeado de criaturas oscuras!- Soltó una risa que pronto se mezcló en una tos a causa seguramente del humo de la pipa. Tiagus pestañó varias veces y entornó la mirada, aún notaba algo mal que le incomodaba pero no podía resolver qué era. Solo lo notó cuando se refregó los ojos somnoliento. Tenía algo sobre uno de sus ojos… -¡Eh, tranquilo muchacho! Yo no movería el parche de su lugar si fuera tú. Esa cosa te hizo un buen destrozo, pude salvar tu ojo y, más importante, tu vida pero… Bueno. Digamos que tu visión seguramente no corra tanta suerte.- El anciano inhaló de la pipa y exhaló el humo hacia una de las ventanas. Parecía una cabaña pequeña con apenas lo suficiente para sobrevivir. Fuera llovía y parecía estar el bosque. Tiagus probó a levantar y bajar varias veces el parche, comprobando que efectivamente había perdido la visión. Con algo de suerte sería temporal. -Tengo que levantarme y- -No tan rápido, chico- Comentó el anciano con seriedad, pero Tiagus ya se encontraba poniéndose de pie y buscando sus cosas. -Estás rodeado por muertos en todas direcciones de esta cabaña, este es el sitio más seguro donde te puedes quedar, no nos encontrarán- Tiagus ya se encontraba vistiendo -He protegido las cercanías con algunos símbolos sacros. No sobrevivirás si sales ahí fuera- Tomó su sable y lo colgó en la cintura, y finalmente se acomodó el manto gris -Muchas gracias por los cuidados, pero no me puedo quedar. Tengo que ir al frente de batalla y- -El frente de batalla ha caído, muchacho. ¿Eres consciente que llevas en esa cama dos años?- De pronto la realidad se congeló para Tiagus, a un metro de la puerta que salía de la cabaña. Se había congelado todo menos sus pensamientos. -¿Dos… Años?- -Claro. He tenido que estarte dando comida en forma de puré y obligándote a tragar, pero bueno… Eras al único que había podido traer con vida, supongo que me sentía un poco responsable- Tiagus tragó saliva y retrocediendo un par de pasos se dejó caer sentado a los pies de la cama en la que seguramente había pasado todo ese tiempo. -Dos años… ¿Y la guerra…- -Se perdió- Comentó el anciano con la voz seca -¿Cómo me has salvado?- -Soy un ermitaño con un cariño especial por la Luz- Se hizo un silencio varios minutos. -¿Sabe algo de Costasur?- -Nada. Mucho temo que hemos estado aislados aquí. Los alimentos y el agua no fueron problemas, hay un pozo fuera y planté un par de tomates y patatas antes de que todo estallase.- Tiagus suspiró y se pasó las manos por el cabello. Eso significaba que todos a cuantos conocía en el frente… Seguramente habían caído. Lilián, su padre, su madre… Era probable que todos hubiesen simplemente asumido que había muerto. -Oye, chico. Se te nota algo decaído. Yo me alegraría más, has salvado la vida. Y sé que ahora estamos un poco aislados en el medio del territorio enemigo pero… Já, bueno, encontraré un modo de sacarnos de aquí.- Tiagus simplemente permaneció en silencio, con la mirada en el suelo. Lilián… El hijo que llevaba… -¿Cómo te llamas?- -Tiagus Rollers.- Respondió con la voz seca el espadachín... -El mayor espadachín de toda Ventormenta…- 1 semana atrás… Año 31 Tiagus Rollers -¿Y el resto de la historia?- Preguntó una niña en el orfanato de Costasur que Tiagus acababa de visitar. -¿A qué te refieres?- Tiagus se estaba ya acomodando el manto gris a espaldas para irse. -Que no nos has contado el final de la historia… Has llegado aquí hace una semana, te faltan 10 años de historia- -Ah- Tiagus simplemente continuó acomodándose el manto gris. -…- -…- -… ¿Y nos lo vas a contar?- -Es que estoy cansado, niña. Que me he tirado todo el día contando la puñetera historia.- -…- La mirada de pena, sin embargo, penetró el alma de Tiagus soltando un pesado suspiro. -Está bien, si de verdad necesitas saber puedo resumirlo. El sacerdote ermitaño y yo nos pasamos cuatro años en la cabaña planeando nuestro escape, como pasar por entre las líneas de no-muertos y no morir en el intento. ¡Estábamos en el medio de Bosques de Argénteos, sabes! No era tarea fácil llegar hasta aquí.- Pronto los niños se habían vuelto a reunir para oír el final. -¿Y qué ocurrió con el ermitaño?- Preguntó uno de los niños -Bueno, no sobrevivió.- Se pudo oír varios suspiros de decepción entre los jóvenes -Fue muy valiente, los no-muertos nos habían visto y nos pisaban los talones así que… ¡Bueno! Dijo que a mi me quedaban más años, tomó sus cosas de sacerdote ermitaño y se quedó atrás para darme tiempo a salir de esos bosques malditos.- Tiagus se preparaba para marcharse de nuevo, pero la niña perspicaz no pudo evitar hacer otro comentario que le encadenaría al orfanato durante al menos varias palabras más. -Pero eso deja todavía un vacío de 5 años antes de llegar a Costasur- Tiagus suspiró. Se dio la vuelta y ladeó la cabeza. -Traté de hacer mi vida entre los pueblos fronterizos, sin levantar la atención y ayudando a quien lo necesitase. No tenía la fuerza de volver a ver a Lilián, ni el dinero para regresar al sur. Ahora, si me disculpan…- -¿Y qué te hizo cambiar de opinión?- Preguntó uno de los niños -¿Qué?- Tiagus parecía atónito por la pregunta -Te habías ido a los pueblos fronterizos a mantener un perfil bajo, pero has vuelto. ¡Y nos has dicho que para matar a muchos dragones y salvar a muchas doncellas! ¿Por qué ahora?- Tiagus por un segundo había quedado atónito, siendo incapaz de entender como un niño podía tener tanta perspicacia. Pero simplemente le sonrió de medio lado. -Eso se queda entre mis pensamientos y yo.- Tiagus finalmente se dio la vuelta y comenzó a andar fuera del orfanato, camino a la salida de Costasur y con el viento ondeando en su capa mientras el sol se ponía en el horizonte… Había oído rumores horribles sobre el norte, y era hora de que un auténtico justiciero alzara su espada por el pueblo…
  8. Dos notas para Elegost Faler

    La primera nota era la peor y más desconcertante. Llegaría primero a manos de un comerciante, un rollo de tela. Al ser desenrollada... "LOS LIBERARÉ A TODOS S.S" escrito con sangre. Quizás un buen conocedor de la naturaleza como, digamos, un Montaraz, sabría que se trata de sangre animal y no humana. La segunda nota llegaría casi un día luego que la primera, también a manos de un comerciante que se encontraba buscando a Elegost. Ambos pedirirían una enorme paga en monedas que se les había prometido por el viaje. La segunda nota, más larga y mucho mejor escrita. Tenía la tinta de algunas letras algo borroneada, indicando que alguna clase de líquido acuoso fue derramado en varias ocasiones sobre el papel mientras era escrito. No poseía la introducción formal de una carta, y en su lugar iba directo al grueso del texto. La caligrafía era conocida. Muy conocida. Muy familiar. Quizás demasiado. Elegost. Espero que el norte te haya tratado bien mientras estaba fuera. Probablemente deberías estar en la torre, pero si no... Bueno. Solo ignora la última... ¿Nota? No era yo mismo. Ahora mismo me encuentro de camino a Costasur, o ya estoy allí dependiendo de cuanto hayas tardado en recibir la nota. Sé que normalmente no te alarmas por nada, tienes nervios de acero. Así que iré al grano. He ido a Costasur porque tengo cuentas que ajustar. Necesito que entiendas que mi futuro... Lo que me queda de futuro, no es tu culpa. No has sido mal maestro. Yo he sido mal aprendiz. Voy a enunciar cada uno de mis crímenes a las autoridades del Imperio. Ambos sabemos lo que eso significa. No estoy seguro de en donde me dejarán. Quizás en Costasur, cerca de Lilián, o quizás me envíen a Stromgarde. En cualquier caso... El Imperio no va a enviarme al sur, por razones más que entendibles. Muy costoso por un criminal. Mantente firme, Elegost. Sé que no estaremos en el mismo sitio cuando ambos hayamos muerto pero... Si puedo mantenerte vigilado desde el más allá, juro que lo haré. Y también juro que te arrancaré la cabeza si te haces daño, y tienes la tendencia a hacerlo. Ahora Alay y tú son lo único que le queda a Fergus y Lylia en el sur. Por favor, vuelve con ellos. Abandona esta empresa sin sentido en el norte. Ten la vida que tú y ellos merecen: Tienes una casa, tienes una puta elfa, tienes un mocoso y una pilla adoptados... Tienes todo y más de lo que cualquier habitante medio del Imperio necesita para vivir una vida pacífica, no lo sé... ¿Labrando la tierra? Te recuerdo también que en mi casa en el sur está mi testimonio. Lo necesitarás si no quieres que el Imperio se haga con mi casa y mi carpintería. Quizás puedas dejársela a Fergus para que se entretenga. En cuanto a tí. Gracias por ser el mejor amigo que habría podido desear jamás, y yo siento no haber estado a la altura de lo mismo. Y también siento ser el segundo amigo que tienes que perder. Al menos el otro fue heroicamente en la guerra, ¿mh? Solo cuídate. Yo no estaré ahí para asegurarme que sales vivo la próxima vez, ¿me lees? En cualquier caso. He hecho las paces con mi destino. Esto debió haber ocurrido hace mucho tiempo. Me iré sabiendo que he hecho finalmente lo correcto. Lo siento por no despedirme cara a cara, pero si tratase... No sé si podría mantenerme firme en mi decisión entonces, y todo simplemente sería peor. Tu amigo y Sumiller de Corps: Santiago de Sveri @Stannis the Mannis
  9. [Muerte] Pero nadie vino... (Santiago de Sveri)

    Llevaba una hora caminando por el bosque. Santiago de Sveri, cabo del Ejército Imperial. Ese era su nombre. Siempre lo había sido. Los enormes pinos se alzaban imponentes en todas las direcciones observables. Al menos ya no hacía tanto frío como más al norte en las montañas. Había vuelto de una expedición a ese sitio, con Jared Miller, el paladín... Un buen hombre. Hacía una hora que lo había visto por última vez, le dijo que se adelantase y volviese a la torre sin él, que tenía que hacer algo y luego le alcanzaría. Pero... Vamos, eso era mentira, ¿no es así? Santiago se había distinguido a lo largo de estos años como una persona engañosa. No podía evitarlo, estaba en su naturaleza, mentir era una excelente herramienta de supervivencia. ¿Por qué se había separado, por qué no estaba de camino a la torre junto con el resto? No lo tenía claro. Quizás simplemente no quería volver a ver esos adoquines derruidos esperando remodelación, o quizás simplemente no quería ver a nadie. Se sentía como lo último. En una hora de caminata por el bosque le había dado tiempo a recoger hojas, ramas, una manta vieja y con agujeros que solo la Luz sabía como había acabado en el bosque... Los ingredientes perfectos para un refugio en el bosque. La noche ya había caído sobre el bosque. Solo entonces, cuando su refugio estuvo acabado, se paró a pensar en lo que había hecho. Se dejó caer de espaldas contra el césped y observó las estrellas. ¿Estaría Jared preocupado? Probablemente sí. ¿Habría encontrado a alguien en la torre, o habrían sido asesinados todos por bandidos? Pensándolo mejor, quizás no quería saber la respuesta a la última pregunta. Otro buen motivo para no querer volver. Aunque observando la Estrella del Norte en el cielo le llenaba de una cierta certeza de que Elegost estaría vivo, fuese en la torre o en otro sitio. La hoguera crepitaba a su lado. Naturalmente, había tenido que encender una si no quería sufrir por el frío de la noche. Dio un mordisco a la carne seca. Tenía aún algo en la mochila, quizás para un día más. Sinceramente, había sido un desastre de expedición, ¿verdad? Ahora Loras continuaba su camino solo. Quizás a estas alturas ya estaría muerto. Muerte era una palabra ya común en su vocabulario, a fin de cuentas, y le costaba sorprenderse ante tal pensamiento. De hecho, le resultó completamente mundano. Pero, ¿por qué se había alejado de Jared realmente? La torre... Quizás estaba a dos horas de donde estaba en ese momento. ¿Por qué se había alejado realmente?... La pregunta le volaba de un lado al otro de su mente, molestando y haciendo ruido como el zumbido de las abejas en un campo de flores durante la primavera. ¿Tenía que tener una respuesta? Realmente... Sentía que sí. Pero él no tenía esa respuesta, ¿verdad? Todo lo que sabía era del peso que sentía oprimiéndole el pecho, impidiéndole querer volver en lo absoluto. ¿Quizás era una maldición de los renegados? Leonardo ya había desaparecido también, ¿quién podía afirmar que no había sido del mismo modo? Pero... No. Inventar excusas no iba a cambiarlo. Estaba allí porque estaba cansado. Era un chico listo, tampoco es como si no supiese la respuesta, pero la mera idea solo conseguía oprimirle más el pecho, en un bucle de dolor. Estaba allí, lejos de todos y en el medio de la nada, porque no se sentía digno de estar entre aquellas personas. Guerreros de la Luz, sacerdotes, capellanes, incluso Fergus o Lylia, lejos en Elwynn... En el fondo, todos ellos eran mejor que él en un solo, primordial aspecto: No eran malos. Llegar a términos con la idea era algo que Santiago había estado tratando de hacer... Durante años. ¿Quizás su modo de hacer el bien simplemente era distinto al del resto? No mataba gente por placer, eso estaba claro. ¿Entonces por qué mataba en lo absoluto? ¿Por defender algo? No tenía fe en el Imperio. Los Imperios se alzan y caen, y siempre había puesto al Imperio de Arathor como el primer ejemplo del ciclo. ¿Por la Luz? Claramente no luchaba por la Luz, era incapaz de recordar la última vez desde que tomó un arma en el que había cumplido con alguno de sus principios más básicos... Simplemente no podía hacerlo. ¿Por su familia? ¿Qué familia? Estaban todos muertos... Los gnolls los habían matado a todos, ¿no era así? quizás... Pero no. Si quedase alguno vivo lo habría sabido, estaba seguro de ello. Definitivamente no podía estar luchando por su familia si creía que estaba muerta. ¿Por Elegost?... Los minutos pasaron dándole vueltas a la pregunta. ¿Cuan triste podía ser su vida, si todas sus muertes se centraban en defender a una persona?... Pero la alternativa era más deprimente, y lo cierto era... Que tampoco luchaba por Elegost. Más de una vez le había dejado atrás en combate, sabiendo que podía morir, para salvarse a sí mismo. Eso dejaba solo una alternativa... O luchaba por sí mismo, o todos y cada uno de sus crímenes y pecados contra la humanidad y los valores básicos de la misericordia y el perdón habían sido por nada... En vano. Al menos por sí mismo tenía que luchar, ¿no? Era un superviviente, nada valoraba más que su vida... Pero... Ya se lo había dicho a Elegost una vez, ¿verdad? Eso, también... Era mentira. No luchaba por sí mismo, o por defender un legado... Siempre había dicho que ni siquiera pensaba tener hijos o esposa, E incluso así, quedando solo él... ¿No luchaba por su supervivencia? Claro que no. Sus viajes, su perseguimiento del peligro... Nada de eso parecía tener sentido en una persona innatamente carente de coraje hasta que no se evaluaba una única variable: Buscaba la muerte. ¿Era esa la respuesta? Tan deprimente como sonaba... ¿Luchaba, mataba, masacraba porque quería morir? Claramente no lo era todo, sabía que había sentido ira y odio en cada ocasión que habían matado a alguien delante suyo. Había entrado en auténticos trances psicóticos buscando matarlo todo en su camino por mero odio... Pero, pensándolo en frío, nunca era odio por el muerto. Muchas veces, incluso en el último viaje, ni siquiera conocía a las personas a las que con tanto esmero y rabia había tratado de vengar en momentos de completo descontrol. No era por ellas, su odio iba más allá. Odiaba la humanidad. Odiaba a los elfos. Odiaba a los renegados. Odiaba a los gilneanos. Odiaba... Los odiaba a todos, en lo más profundo de su ser, una retorcida espina clavada en su alma. ¿Cómo no podía hacerlo? Había visto una y otra vez la naturaleza de los seres, vivos y muertos por igual, y nunca había sido agradable. Claro que habían buenos momentos, ¿pero qué pasaba con los malos? ¿Qué pasaba con esos momentos en los que veía al resto retorcerse, ceder ante el egoísmo, el ansía de poder, los placeres más macabros... Brujos, asesinos, bandidos, la Emperatriz o el Rey de Gilneas; todos de alguna u otra forma condenaban a cientos a morir cada día. Su odio, su ansiedad por venganza y sangre, no era nada más ni nada menos que simple resentimiento atrapado en su pecho contra las peores facetas de Azeroth. ... Quizás entonces, solo quizás... Estaba allí, apartado de todos... Porque cada vez era más difícil no dar rienda suelta al odio. -------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------- Día 3. Día 7. Día 13. Día 19. Día 21. Día 26. Día 29. Día 30. Los días iban pasando a un ritmo acelerado en su refugio, aislado de todo y todos. Donde era seguro. Donde no hacía daño a nadie. Donde no podía matar. No podía derramar sangre. No podía quemar pueblos. No podía usar magia para derribar estructuras en llamas sobre un montón de civiles inocentes. ¿De verdad había hecho eso? Vaya, ¡parecía que sí! ¿No había sido durante la expedición? Sí, durante la expedición. Un espectáculo de llamas y gritos que lamentaba. Aunque siendo honestos, un pueblo en la mitad de la nada, gente inculta y salvaje del norte... ¿Acaso había alguno entre las llamas y los trozos de casa derruida que arrojó sobre ellos que no fuese un pecador, que no hubiese alguna vez cometido un crimen o pensado en asesinar a ese peor enemigo suyo que le pidió prestadas diez platas una vez y nunca se las devolvió? Eran pueblerinos. Todos eran así. Quizás había hecho bien. No, ¿en qué estaba pensando? No estaba bien. Esa gente tenía vidas, familias... Pero honestamente, ¿qué eran las familias? ¿Importaban? ¿Por qué se le enseñaba a la gente que eran lo más importante, lo más preciado a proteger, si luego la mayor parte de la gente que conocía habían salido adelante incluso con familias masacradas o desaparecidas? Quizás el tiempo en soledad le pasaba factura. Había cazado. Un conejo. Sería su almuerzo. Nunca había sentido pena de matar animales, a fin de cuentas no eran inteligentes. Pero ahora, solo durante semanas, no podía evitar preguntarse, ¿acaso se necesita ser inteligente para sentir? ¿No tenían los animales cazados por cada cazador desde el comienzo de los tiempos familias en el bosque? ¿Crías quizás? La mayoría cazando por dinero. Algunos nobles por el prestigio quizás. Sabía que el tiempo a solas le hacía mal. Cuanto más tiempo pasaba allí, evitando el volver a la torre con el resto, más desapegado se volvía por todo. Cuanto más pensaba en todo, menos importaba todo. Cuanto más pensaba en la vida, menos importaba la vida. Cuanto más pensaba en la muerte, menos importaba la muerte. Todo cuanto podía pensar, cada situación que traía a su cabeza, cada intento de justificación por sus actos o atrocidades, cada segundo pensando le hacía darse cuenta que a pesar de los mejores esfuerzos de las civilizaciones por proteger Azeroth, eran estas mismas... Las que más mal habían traído. ¿Acaso habían derramado más sangre los orcos en tres guerras, o la humanidad en milenios de conflictos políticos? ¿Había matado más gente la Plaga en una sola guerra brutal que todas las civilizaciones vivientes de Azeroth a lo largo de los años? Los demonios quizás... ¿Pero de cuántas muertes eran realmente responsables seres corruptos y misteriosos de los que apenas se sabía la punta del iceberg y que necesitaban de complejos rituales para materializarse en el mundo? Los mayores asesinos del planeta... Eran aquellos que lo defendían. No podía escapar de esa verdad. Nadie podía. Una existencia de hipocresía y contradicción era todo a lo que había logrado resumir al Imperio, a los enanos, a los gnomos, a los elfos... A todos en estas semanas de soledad. ¿Acaso merecían vivir? Si ÉL no se creía digno de caminar en este mundo por sus muertes y asesinatos, ¿qué daba el derecho al resto a mantenerse vivos, cuando todos mantenían mecanismos genocidas y de asesinato en masa mucho mayores de lo que él mismo era? ¿Qué sentido tenía ser soldado entonces, ser del ejército, del Imperio, de Gilneas? ¿Acaso importaba? Muertes, sangre, muertes, sangre. Todo se resumía a eso. ¿Había enloquecido? Se sentó contra un árbol, dejó caer su presa del día a un lado del suelo. Se llevó las manos a la cabeza, se jaló el cabello y apoyó la cabeza sobre sus rodillas, sollozando. Quizás no debía haberse separado, viendo su situación actual. Quizás había sido su mayor error hasta ahora. ¿Pero qué otra opción tenía? La vida que tenía solo le reportaba miseria y dolor que incrementaban de manera exponencial con cada día que pasaba. Estaba allí porque allí no podría hacer daño a nadie, pero había fallado. Incluso solo, aislado, viviendo como un hermitaño; incluso entonces todo lo que sabía hacer era daño. Si no podía hacer daño al resto, acababa haciéndose daño a sí mismo con sus propios pensamientos. No estaba bien. Nada estaba bien. Su cabeza no estaba bien. La soledad, el bosque, los sonidos, los recuerdos de angustia y dolor, la civilización; nada en lo que había tratado de distraerse pensando estaba bien. El mundo entero estaba mal, él incluido. Llorando y con la cabeza entre las rodillas, finalmente tuvo un arrebato. Tomó su espada, tomó su arco, tomó sus flechas. Con el brazo se limpió las lágrimas, con los ojos enrojecidos. Revisó la mochila que había improvisado luego de perder la suya durante la expedición. Nada de papel. Nada para escribir. Necesitaba encontrar algo... Tomó el trozo de tela blanca, sucia y rota con la que había improvisado su refugio. Cortó un trozo. Abrió el conejo que había cazado por la mitad y metió la mano, comenzando a escribir sobre el trozo de tela. Lo dejó secar sobre el sol. Tomó un rato. Él comió. Cuando estuvo acabado, hizo el trozo del trozo de tela un rollo y lo ató bien, varios nudos para que no se viese su macabro interior. Entonces se dirigió a los caminos. Y allí esperó, acompañado únicamente de una pata de conejo asada que le había sobrado para mantenerlo con energía durante casi 7 horas. Finalmente el sol estaba cayendo y se estaba por rendir, pero entonces lo vio, en el horizonte. Un comerciante venía desde el camino oeste, justo lo que necesitaba. Cuando lo tuvo en frente le tendió el trozo de tela y todo su dinero; no lo iba a necesitar. Le dijo al comerciante que sería su paga si lograba hacer llegar ese trozo de tela a Elegost Faler, dándole indicaciones de donde encontrar la torre. Si no estaba allí, lo buscaría. Le dijo que habría otra paga igual de generosa si encontraba al montaraz, pero era desde luego una mentira. Solo necesitaba incentivar al mercader para de verdad cumplir con la tarea y no arrojar el trozo de tela a medio camino. La gente era egoísta y codiciosa, y haría lo que fuese por dinero. Él lo sabía. En cuanto a qué decía el trozo de tela... Es solo Elegost lo sabría, llegado el momento. Por ahora todo lo que importaba era que había tomado una decisión. Cuando el comerciante estuvo lo bastante lejos rió, y rió, y rió. Reía solo en el camino, ¿por qué? Por muchas cosas. La absurdidad de la vida. La absurdidad del Imperio, del planeta, del universo. De todo el tiempo que se había preocupado en responder a la pregunta de si era mala persona, de todo el tiempo que había pasado preocupándose de que iría al Vacío Abisal, y no junto a la santa Luz a tener paz junto a su familia. Se reía porque podía, porque estaba vivo para hacerlo. Se reía por ningún motivo en particular y por todos los motivos posibles y no posibles. Se reía porque, por primera vez, lo había comprendido. Era el mundo. El mundo, su oscuridad, su crueldad. ¡EL MUNDO ENTERO LE HABÍA HECHO ESTO! No era su culpa. Claro que no era su culpa. ¡Él era lo que habían hecho de él! Era una víctima de las circunstancias, de un mundo corrupto y oscuro que descendía viciosamente en la oscuridad con cada hora que pasaba. Reía porque era hora de ajustar las cuentas. Caminó durante un largo rato por el camino, sin rumbo. Sin un mapa. No sabía a donde iba. Simplemente usó lo mejor de sus habilidades hasta lograr rastrear a la civilización misma. Parecía unas pequeñas granjas fronterizas, dos cabañas... Más dos vecinos rurales compartiendo la tierra que una sola granja individual. Estaba lejos, penas los lograba ver en el horizonte. Pero no tan lejos venía una carreta de una granjera, con una mula que le recordó bastante a Roberta, y esbozó una leve sonrisa de lado. El carro detrás con algunos vegetales, no parecía que fuese buena época de cosecha. Probablemente morirían de hambre pronto, o de enfermedades insertadas artificialmente por los renegados... O quizás simplemente se los llevarían a todos vivos para sus macabros experimentos. Les iba a ahorrar el dolor que Azeroth les tenía reservado. Iba a mejorar su suerte. Iba a usar la única cualidad en la que era bueno para un bien. Era su deber. Un gran poder conllevaba una gran responsabilidad, ¿no era así como lo decían?. Tan pronto la granjera con la carreta pasó por en delante suyo, una flecha voló de entre la cima de unos de los árboles hasta dar con la cabeza de la mujer. Una muerte rápida y misericordiosa comparada a lo que le habrían hecho los renegados o los bandidos en el camino, y una mujer menos en esa tierra maldita que quizás habría traído a un niño al mundo solo para sufrir en aquel entorno. Tomó la flecha, parecía aún sana y re-utilizable, así que la guardó en el carcaj. La mujer llevaba un farol y algo de aceite para el mismo. Tomó el aceite y lo arrojó sobre los vegetales y la carreta, para luego quemarla junto a la granjera. No iba a dejar comida para los bandidos ni cuerpos para los renegados. También se aseguró de quemar a la mula. Estaba seguro de que el fuego atraería la atención de los granjeros, así que rápidamente dejó la zona, adentrándose en el bosque. Ese era su entorno. Comenzó a dirigirse hacia las dos casas a lo lejos, usando el bosque y las sombras de la noche como su cobertura. ¿Qué diría Elegost si le viese ahora? No, no podía pararse a pensar en eso. Tenía una misión. Una misión de misericordia. Los montaraces hacían esas cosas, ayudaban a la gente. Quizás esta era la misma conclusión a la que el antiguo capitán de los montaraces había llegado... Pero, ¿no lo había matado Elegost por ello? En cierto punto había oído a un par de hombres en el camino, dirigiéndose hacia la carreta. Pero ya habían quedado atrás, ya que iban en direcciones contrarias. Ellos hacia la carreta, él hacia la casa de sus esposas e hijos. Ya cerca del par de casas, fue pan comido. Era de noche, las pocas personas viviendo allí dormían, una mujer preocupada observaba fuera hacia el camino por el que se había ido quizás quien era su marido y el de la granjera a la que había dado paz. Comenzó a caminar hasta la casa en donde la mujer esperaba fuera, y que ahora observaba al joven muchacho inquietada. Llevaba un tabardo del ejército, claro... Pero cierto era también que su tabardo estaba sucio y roto, lleno de cortes y trozos faltantes que durante la expedición al norte había usado para hacerse vendajes. Pero fue el tabardo el punto clave para que la mujer no se esperara lo que siguió. El joven, que ahora apenas si podría reconocerle alguien como el mismo muchacho que había ido en una expedición para obtener dinero y ayudar a la gente del norte, rápidamente desenfundó la espada y la enterró en el vientre de la mujer, apartando la mirada en el proceso y presionando su hombro con la mano libre. La mujer llegó a profesar un leve grito durante menos de un segundo, antes de que este fuese ahogado por la obstrucción del sangrado. La dejó caer al suelo. La luz de una vela se encendió en la casa que la mujer tenía a sus espaldas, tras una de las ventanas. Santiago no dejó que quien fuera llegase a salir, él entró primero y cerro la puerta. A su derecha estaba la puerta cerrada a la habitación donde había visto la luz. Avanzó unos pasos, pero la puerta se abrió antes de que él llegase a ella. Un niño rubio, de cabello corto y piel sonrosada de no más de 11 años que solo pudo atinar a soltar un grito al ver a un extraño en su casa con una espada ensangrentada. Santiago no le dejó sufrir mucho, no era la primera vez que acababa con la vida de un niño. Simplemente fue otro cuerpo a sus pies, antes de oír otro grito fuera. Agudo. Una mujer. Joven. Quizás 20 años. Habría visto el cuerpo de su amiga fuera. La oyó salir corriendo por el camino hacia donde se habían ido los dos hombres. Rápidamente salió fuera, cargando una flecha en el arco... Pero ya no tendría sentido, la muchacha se encontraba lejos y no atinaría. Tenía que guardar flechas. Guardó el arco y comenzó a escalar por un lado de la casa, ayudándose de los marcos de las ventanas hasta llegar al tejado. Era de tejas y con forma clásica de dos aguas, volviéndolo perfecto para esconderse detrás de una de las mitades y esperar mientras vigilaba al camino. Finalmente aparecieron los dos hombres. Uno gritó de agonía y dolor ante la escena, al otro lo llegó a ver apretar los puños con rabia. El segundo tenía los ojos rojos. Había llorado. No les dio tiempo a reaccionar, comenzó un descenso de flechas sobre estos antes de que pudiesen avistarle en el último lugar imaginable; el tejado. Uno recibió una flecha en el hombro y otra en el cuello mientras el otro reaccionaba. Tenían hachas, pero él había visto suficiente sangre y muerte y combates como para saber que el pobre diablo no podía hacer nada a tiempo. Intentó arrojar su hacha, pero una enorme hacha de leñador no está hecha para ser arrojada, y simplemente rebotó contra la pared de la pequeña casa bastante por debajo de la posición de Santiago, quién simplemente pudo limitarse a tomar más flechas y acabar con la vida del granjero. En un momento de realización pudo entender cómo era que a los renegados les resultaba tan fácil atacar granjas fronterizas. Hombres, mujeres y... Niños, abandonados de la mano de la Luz en la frontera. Ni el Imperio, ni la Iglesia ni nadie movilizaría un gran número por aquellos pobres diablos. La prioridad era Gilneas. La prioridad era asegurar el poder político de la emperatriz. Cuan necia era la humanidad... La otra mujer la dio por perdida. Habría seguido corriendo. No la culpaba, nadie quería morir. Pero él les estaba ofreciendo una mejor alternativa que ceder inevitablemente a los no-muertos y servirles a ellos o alimentar un mecanismo genocida como lo era el Imperio. Solo que no lo sabían. Pobres diablos, cegados de los verdaderos horrores que él había visto en el planeta... ---------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------- Al otro día había sido un amanecer nefasto en la granja. Un olor a quemado llenaba el ambiente. No había dejado nada para los renegados. No había dejado nada para los bandidos. No había dejado nada para el Imperio. Se pasó una mano por la cara marcada de ojeras, al borde de uno de los tejados y observando las cosechas y los cuerpos quemados a varios metros de distancia. ¿Qué había hecho? Había actuado como un auténtico crío. Se había enfadado con el mundo, le había pasado todas las culpas... Y había atacado. Ya en frío y capaz de pensar solo podía observar con impotencia la única gota que faltaba para derramar el vaso que era su cordura. Elegost lo había dejado claro muchas veces, se lo había tratado de enseñar... No con palabras, si no con acciones. No culpar los errores a otros, asumirlos, responsabilizarse. ¿Acaso había aprendido algo?... Claro que no. La prueba estaba delante. Sus manos, su espada manchada de sangre... En un momento de lucidez pudo reconocer que había acabado de enloquecer. Ya no tenía un propósito en la vida, pero sabía que si se quedaba... Tras ver lo que él mismo había hecho en un ataque de completa locura y desacato mental... Si se quedaba solo podía hacer más daño. Podía ocultar lo que había hecho... Mentir. Volver. Ver al resto. Continuar su vida... Nadie se enteraría. Solo habían sido unos granjeros fronterizos. Podría estar con Elegost... Vivir más aventuras con él, odiar a Alayratiel por las espaldas, revolver el cabello de Audrey y explicarle por qué lo que sentía no era amor de verdad, o explicarle que había escogido la persona equivocada. Burlarse del Tudesco... Ver al cartero aquel del cual ya había olvidado el nombre. Volver a Elwynn. Ver a Lylia más crecida, enseñarle magia como le había dicho en broma a Elegost una vez... Incluso ver al mocoso de Fergus y burlarse de que seguramente le tuviesen fregando los suelos de la capilla. Ver a Nahlia y Amelia, espiarlas con Visión Lejana Arcana desde la muralla... O simplemente patrullar la villa y atender las quejas de Brog. Cualquier cosa. Podría simplemente volver y nadie lo sabría. Bueno, alguien lo sabría. Él. Su consciencia pesaba ya tanto, sin dudas más que la del resto. Y aquello... Esa noche, no tenía ni idea de qué había hecho en esa noche, enajenado de la realidad y asesinando gente por un capricho de venganza personal contra el mundo entero, por el simple hecho de no asumir... Que había matado un montón de gente por nada. El problema era él. Era un peso con el que estaba cansado de cargar, y cada vez que su cansancio llegaba al tope las peores cosas ocurrían. Esta ocasión había sido la peor, probablemente empeorado por el mes entero de soledad. Solo le quedaba una cosa por hacer. Solo le quedaba acabar su búsqueda. Bajó del tejado y entró a una de las casas. Tomó papel, pluma y tinta. Los antiguos habitantes ya no iban a necesitarla, de todos modos. Ya no habían habitantes. Se acercó a una mesa y comenzó a escribir. Tres veces tuvo que levantarse a buscar papel nuevo, tras arrugar con frustración varias notas que no le convencían. Finalmente arrancando una hoja en blanco de un pequeño libro que el niño rubio usaba como diario pudo acabar la nota. En cuanto al diario... Lo había leído, quizás simplemente como martirio. Era un chico corriente. Pensando en cosas de chico corriente. No "sufría" en lo absoluto a pesar de las circunstancias, o el lugar... O la guerra. Entendió que había tanto que se podía aprender de los niños... Pero no él. Para él ya había pasado el momento de aprender. Había fallado rotundamente, primero en aprender de su familia, luego en aprender de Elegost y, finalmente, en aprender de la vida. Era la encarnación de un fracaso viviente. Acabada la nota salió fuera y comenzó a recorrer el camino de tierra de vuelta hasta llegar al camino principal. Tenía ojeras, no había dormido. Habría tenido pesadillas. De nuevo esperó a un nuevo comerciante. Le rugían las tripas. No había comido nada. Su aspecto era lamentable. Finalmente un mercader pasó. A este le ofreció todo el dinero que puedo recoger de entre las casas de los granjeros, y le contó la misma mentira que al comerciante del día anterior. Pero esta vez era por una nota que de verdad merecía la pena llegar a Elegost, no... Aquello que había escrito en su ida mental. Se le revolvía el estómago solo de pensar en que Elegost tendría que leer un trozo de tela escrito con sangre de conejo, y aún más de pensar en aquello que decía. Pero aquella sería la última vez que haría daño a alguien por no saber asumir sus propios problemas. Le pidió al comerciante que le llevase hasta cerca de Costasur, ya que le quedaba de paso. Y así lo hizo. Ya cerca de la ciudad solo tuvo que caminar hasta su entrada. Cruzarla. Incluso saludó a un par de milicianos. Pero, si aún quedaba alguien allí que le conociese, sabía que algo no iba bien. De camino al cuartelillo de Costasur se detuvo en el cementerio. Se acercó a la tumba de Lilián y allí dejó un único lirio blanco con un trozo de papel que decía escuetamente "Perdón por no encontrar a tu hijo. El otro vivirá mejor, Elegost se asegurará de ello". Finalmente llegó frente al cuartelillo. Allí solicitó hablar con el sargento, quien esperaba un reporte tras su expedición con Loras. Pero, cuando lo tuvo frente a frente en el corazón del cuartel, no le dio un informe de le expedición. Le dio un informe de sus crímenes y faltas en cada ocasión que había estado portando el tabardo y cuando no. Enunció cada muerte, cada asesinato, cada crímen, cada robo, cada abuso de poder, cada amenaza, cada falsa persecución de brujería que realizó, cada mentira y cada acto cuestionable, que comenzaban desde la misma fundación de Falveri. Enumeró el robo de herramientas a granjeros y mineros, mentir sobre ser un noble a un guardia, los asesinatos de leñadores en el bosque, el robo de un hombre en la barriada al que posteriormente mataron... Por un trozo de lona. Cada crimen hasta el presente, acabando por enunciar que había acabado con la vida de dos hombres, dos mujeres y un niño. El sargento escuchó solemnemente y en silencio durante casi media hora, quizás una entera en donde Santiago enunció cada atrocidad por menor que fuese que había cometido. No hubo piedad. Como debió haber sido desde hacía mucho tiempo. El sargento ordenó la detención de Santiago, quien no ofreció resistencia. Fue arrastrado hasta los calabozos y allí fue arrojado. Pasaron varios días, mientras el sargento avisaba de la declaración a los altos mandos en Stromgarde. La respuesta fue que Santiago fuese trasladado allí para un juicio militar. Una semana más tarde estaba siendo trasladado a Stromgarde, engrilletado y en un carromato lleno de rejas de metal, cubierta la jaula con un enorme manto para ocultar aquella vergüenza para el Ejército Imperial. Le recordaba incluso a cuando se habían llevado a Érika. Ahora le resultaba casi irónico y doloroso pensar en ello. Quizás el único motivo por el que entregar a esa bruja le había marcado tanto era el hecho de que siempre había sabido que él no era mejor. El juicio en Stromgarde fue como debía ir. El cabo no negó nada. Fue todo rápido y conciso. Le volvieron a encerrar y se le avisó de que su ejecución sería en tres días. La lista de crímenes que le enumeró el letrado era más detallada de lo que él lo había explicado, pero ciertamente conocía cada palabra. Crímenes contra la corona, crímenes contra el Imperio, crímenes contra la ciudadanía, abuso de poder, asesinatos no autorizados como militar, asesinatos como civil, robo como militar, robo como civil... Y la lista seguía. Cuando al tercer día salió la primera luz del sol, estaba preparado. No sabía qué habría ocurrido mientras estaba encerrado. Si Elegost habría recibido sus notas, si le habría buscado... Si se habría anunciado su ejecución a alguien o si en cambio sería silencioso. No sabía nada. Estaba cansado y los ojos rojos de llorar. Ni siquiera tenía las fuerzas para alzar la mirada y ver si alguien estaba mirando. Le rodearon el cuello lentamente con una cuerda. Era hora de ajustar cuentas --------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------- El viento sopló sobre las calles de Stromgarde, moviendo algunas hojas. Había nevado hacía pocos días debido a los cambios inexplicables en el clima de la región, los cuales nadie había logrado solucionar. Pero ahora hacía una calidez digna de la primavera, con el sol bañando las calles y una suave brisa, mientras la poca nieve era derretida por el sol. Los pájaros cantaban y las flores florecían. Se oía un grupo de niños corriendo por las calles de la ciudad, entre gritos y juegos dignos de la edad e ignorantes del mundo que les rodeaba. En un rincón olvidado del cementerio de la ciudad se había enterrado al cabo, pues transportarlo a Ventormenta no era una posibilidad. Se habían recitado unas pocas palabras a un par de personas que se habían juntado allí, quizás viejos soldados conocidos que había hecho en su tiempo en Stromgarde, y un sacerdote al que había salvado un día, quizás incluso alguien más en un rincón del cementerio observando desde lejos. En cualquier caso no era muchos, y todo había pasado sin pena ni gloria. No era el peor criminal que el Imperio había enterrado, pero estaba lejos de ser el más piadoso al que habían ejecutado. Muy lejos. Quizás ahora, habiendo hecho las paces con su naturaleza y sus crímenes, tuviera la más mínima, minúscula, ínfima posibilidad de encontrar algún descanso en el más allá, pero se había ido creyéndolo poco probable. La única cosa que había lamentado era no poder despedirse de la persona que más la importaba en persona, pero si había recibido la nota... Quizás sabría donde encontrarle ahora. La historia de Santiago de Sveri había tocado a su fin // Esto es totalmente auténtico. En un año entraré a facultad y podré estar mucho menos tiempo, lo cual significa que no iba a poder rolear ni aunque quisiera. Además llevo ya muchos meses sin ganas de rolear, como muchos sabrán porque básicamente se los he dicho sin miramientos. Y dudo que los vuelva a tener, porque sencillamente la etapa del rol ha llegado a su fin para mí. He tenido todas las buenas aventuras que he podido tener, pero para mí es el final del camino, y como tal no me gusta dejar personajes a los que he dedicado años en forjar sin una conclusión. Esta es la conclusión de la historia de Santiago, que se alejaba mucho de una conclusión feliz por el sencillo desarrollo del personaje. Me iré con los buenos recuerdos. Lo cual viene siendo esas noches de sexrol salvaje con Elegost y alguno más que se sumaba a la orgía. Nos vemos rol. Mangachito/Mangas/Tiagus/Santiago o como sea que me hayan conocido: out.
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    Por desgracia no está a la venta. Pero puedo darte tu propio Bodvar personalizado como compensación. Son 300 Euros por la obra original de calidad. 200 Euros de honorarios y 100 Euros por los gastos. Gracias por apoyar mi arte. @Axl
  11. [Sugerencia] Quitar el Chat del Foro

    Y yo debato aportando mi apoyo a la sugerencia. Pero si se quiere algo más desarrollado de acuerdo: Esta propuesta tiene todo mi apoyo y no veo nada malo en ella. Creo que es un bien necesario para la comunidad y que haría muy bien a la imagen del servidor, por lo que por medio de este mensaje tiene un usuario más que apoya formalmente la moción. Un cordial saludo a todos los plumeros y roleros.
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    Y mi añadido de última hora: "Odriel ahora tiene tabardo" fue dibujado en honor a que... Odriel ahora tiene tabardo. Como siempre, gracias de antemano por el like
  13. Dibujos Full HD

    Hola. Desde hace bastante tiempo ya, más precisamente desde hace unas 24 horas (mucho), he estado practicando el noble arte del dibujo. Y como soy un artista generoso, he decidido compartir con toda la comunidad mi fina arte, la cual ya he compartido con un selecto público en estado Beta antes de su lanzamiento oficial. Entenderé si alguien no puede soportar el detalle de mi dibujo, no puede apreciarlo o si sencillamente alguien siente envidia. A esa gente solo le puedo decir que observe con atención mis obras maestras y trate de aprender todo lo posible de ellas, pues hay mucho de lo que aprender. Cabe destacar que mis obras no tienen firma de autor porque soy un fiero enemigo de Coppy Ray, estoy por encima suyo y no lo necesito. Soy un artista hardcore sin miedo al plagio. Sin más, os dejo con mis obras y sus respectivos títulos: A esta la titulo "Wops, Pecas se ha quedado bizca" "Alay no me cae muy bien, no me voy a esforzar en dibujarla" fue mi segunda obra, y estoy muy orgulloso de ella. "BenderDonny". Por cosas como estas soy enemigo de Coppy Ray. Esta la titulo "El bro y su chorizo", porque en este retrato se le ve el chorizo. El que siempre lleva al hombro. Ya sabéis cual. El de tela. "If you overcook it; right to jail" es una de mis obras que mejor expresa el espíritu de mi personaje principal, y le tengo mucho aprecio, así que no la critiquéis muy duro. "¿Tom el cartero? ¿Quién demonios conoce a ese?" Esta obra la hice en un rayo de inspiración, retratando un personaje de un usuario olvidado que pocos conocen, en paz descanse. "Parece un puto pordiosero francés amante de la sodomización que le da el rey" Fueron los comentarios halagadores de una beta-tester anónima. Y finalmente "Esta es la calidad de la Guardia Imperial" es un retrato del Soldado William Frank luego de ser seriamente traumatizado Iluminado por sus experiencias junto a su cabo. Sé que tengo un don nato, pero por favor, tratad de darme críticas constructivas para mejorar aunque todo lo que se os venga a la cabeza ahora mismo sean elogios y gracias de antemano por el Like al post.
  14. [Sugerencia] Quitar el Chat del Foro

    +1
  15. Retiro

    omg too much drama Ya en serio, Jano. Suele llegar el momento cuando las horas no dan y hay que sacrificar cosas. Yo también sacrificaría el rol si los tiempos se me hicieran más cortos, y supongo que eventualmente lo harán. Tu decisión es de lo mas sensata y normal, y me alegro por ti. Buena suerte en todo y cuídate del mal sin nombre por las noches. (¿Suficiente drama para ti? Puedo decorar el mensaje aún más si quieres)