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Shalai Lunarroyo

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Shalai Lunarroyo

Raza: Elfa de la Noche

Sexo: Mujer

Edad: 149

Altura: 2,14 m

Peso: 89 kg

Lugar de Nacimiento: Refugio Brisa Plateada, Vallefresno

Ocupación: Sacerdotisa novicia de Elune

Descripción Física

Shalai es una elfa de la noche de piel clara rosada, ojos claros que resplandecen como la Luna y pelo largo verdoso echado hacia, con trazos recogidos en trenzas y coletas. Posee un cuerpo atlético y ligeramente más esbelto de lo normal. Suele portar ropajes hechos con cuero cuando no está en el templo de Elune, momentos en los que ella suele vestir ropajes más acordes a su actual oficio.

Descripción Psíquica

Shalai es una elfa en apariencia tranquila, pero con una sobreconfianza y afán por la adrenalina que manifiesta en contadas ocasiones, sobre todo en mitad de una caza, al nadar o al correr por mitad del bosque. Vivir con sus buenos padres ha hecho que los valores que la han tratado de inculcar hayan quedado inscritos hondo en su corazón y alma. Debido a esto, Shalai ha desarrollado una personalidad determinada, optimista, leal, honorable, respetuosa, valerosa y humilde.

Sabe que toda vida es valiosa y siempre duda al arrebatar una vida (menos al tratar con pieles verdes, ya que las historias que ha oído de ellos solo los describen como monstruos), ya sea de un animal o una persona. Es una kaldorei que respeta a los animales y no los trata como una simple materia prima, si no que les rinde homenaje al final de la cacería.

Respecto a Elune, las historias que ha escuchado, la experiencia cercana a la muerte que vivió (incluso ella cree que murió y Elune le devolvió la vida) y lo que ha aprendido en la Hermandad de Elune le han llevado a respetar cada vez más a la Madre Luna y a la Guerrera de la Noche. Paz y guerra. Amabilidad y fiereza. Partes contrarias que se complementan y protegen a los Hijos de las Estrellas.

Historia

Cita

 

Nací con la Luna en cuarto creciente, cerca de un lago cristalino, con el sonido de las hojas meciéndose ante el gentil viento y las melodías de los pájaros al cantar. O al menos así es como me dijeron que vine al mundo, pero sé con certeza que fue en Refugio Brisa Plateada, en Vallefresno. Nada recuerdo de mi despertar o mis primeros pasos en el mundo, aunque si vislumbro las imágenes que fluyen por mi mente respecto a mi niñez. Recuerdo a mi padre marchando por los verdes bosques con un arco en su mano y a mi madre trabajando pieles para crear prendas de muchos tipos y tamaños, vistiendo yo algunas de esas ropas.

Mis padres cada noche me hablaban de los secretos del bosque, de cómo la Luna nos protegía y de historias de lugares lejanos y místicos. Historias de cómo temibles monstruos buscan destruir nuestro hogar y de cómo valientes centinelas los combaten con presteza y valía, de excitantes cacerías y de rituales para honrar a la presa cazada, de kaldoreis que se dirigen a la Luna en tiempos desesperados para que esta les ayude y les salve de un final tenebroso. Historias que todavía me acompañan y que me han convertido en lo que soy.

A medida que fui creciendo fui ayudando cada vez más a mis padres en su día a día, ya sea trabajando las pieles que mi padre cazaba, cocinando la carne obtenida o aprendiendo el noble oficio de la caza. Mi padre me inculcó el respeto por la vida y los valores de un cazador honorable, mientras que mi madre me enseñó que la determinación y el esfuerzo pagan con satisfacción y mejora, además del preciado dinero para obtener los demás bienes que no podíamos conseguir, pues al fin y al cabo, toda la sociedad contribuía de una u otra manera.

Llegaría el momento donde ayudara con ansia y orgullo, ya comenzando a preparar ropajes con las pieles curtidas, además de rastreando y cazando nobles presas que agradecía que dieran sus vidas. Todas las noches siempre miraba al cielo estrellado, donde la Madre Luna se hallaba, para luego realizar una plegaria y ofrecer una pequeña ofrenda en un humilde pedestal afuera de nuestra austera casa.

Un día de caza como cualquier otro, me encontraba rastreando un corzo adulto cuando me di cuenta de que también había un segundo rastro. Huellas grandes... De humanoide... recientes. Muy recientes. Mi instinto reaccionó al instante y me hice a un lado, justo para ver un hacha inmensa descender sobre el suelo donde la hierba había sido cercenada y arrastrada por el aire. Miré a la figura, tomé aliento rápidamente y me preparé para lo que fuera que vendría después, llevando mis manos a mis cuchillos, ya que se me había caído mi arco al suelo a unos metros de mí. La figura era grande y musculosa. Portaba un hacha gigantesca en comparación conmigo y unos ropajes toscos. Sin embargo, lo que más me llamó la atención fue el color de su piel: verde. Un orco, uno de los muchos monstruos de las historias, una de las muchas amenazas que las centinelas combatían. No sabía porqué estaba ahí, pero sí sabía una cosa, podía huir o combatir a semejante oponente. Estúpidamente decidí luchar contra la gran criatura.

Avancé con rapidez hacia el orco esgrimiendo mis dos dagas pensando que tardaría en reaccionar, pero mientras que comenzaba a moverme el orco ya había levantado de nuevo el hacha y volvía a arremeter contra mí. Viré mi trayectoria y salté por encima del golpe para realizar un par de cortes de poca profundidad en el hombro derecho del monstruo, que pese a esgrimir un grito, este no era de dolor si no de frustración y aparentemente rabia. Todavía en el aire, no pude evitar ser impactada por un golpe con su brazo izquierdo, por lo que salí disparada hasta golpear con un árbol, dejando caer mis cuchillos. Me dolía la espalda de tal manera que pensaba que me había partido la columna y solo fue un simple puñetazo, aunque la masa muscular de la criatura verde mostraba que podía ser él mismo un arma tan o más eficaz que el hacha.

Me incorporé a duras penas y me eché hacia un lado justo para volver a observar que el hacha había impactado de lleno en el árbol. Tomé el arco y una de las flechas que se habían caído de mi carcaj, puse la flecha en el arco corto, tensé y disparé al orco, que justo volvía a esgrimir su hacha contra mí. Mi flecha atravesó su cráneo con precisión y una potencia que no esperaba de mí misma, pero el hacha ya había avanzado hacia mi. Noté un dolor abrasador en mi abdomen y recuerdo sentirme flotar. Luego golpes en todo mi cuerpo y cuando me quise dar cuenta, estaba cayendo por una fuerte pendiente con un tajo profundo y desangrándome. En ese momento el miedo se apoderó de mí, pensando que sería lo siguiente y si saldría con vida.

Acabé detenida en un pequeño claro del bosque donde la hierba a mi alrededor estaba teñida de rojo y un lago tranquilo descansaba frente a mi. A mi lado, la criatura de piel verde sangraba un líquido de tono ligeramente oscuro y se mantenía inerte. La caída no sólo había empeorado el feo corte que adornaba mi estómago, si no que además las zarzas y las piedras de la pendiente por la que había caído también habían hecho estragos. Con esfuerzo me arrastré hasta el borde del lago, dejando una senda carmesí a mi paso y con un último aliento, notando que iba a desfallecer, musité con el poco aliento vital que me quedaba una oración a Elune y cuando comencé a cerrar mis ojos… pero la negrura acabó por consumirme.

Sin embargo, en el vacío encontré aire, mis pulmones me obligaron a reaccionar con un nuevo hálito vital que reconfortó mi cuerpo. Abrí los ojos y me vi inmersa en una masa de agua. ¿El lago quizás? Hice un último esfuerzo para salir a la superficie y cuando lo logré, tomé aire como si hubiera vuelto a nacer. Un cielo estrellado y la gran Luna me recibieron. Entonces me fijé en el gran cuerpo del orco y palpé mi torso. Las heridas permanecían, pero no parecían tan graves como recordaba. La confusión me atacó, pero tras pensar unos instantes nadé hasta la orilla. Vi un rastro de sangre que avanzaba hasta el lago y el aparente desprendimiento de tierra de una cuesta. No fue un sueño. ¿Entonces que fue? Una certera realidad que me golpeaba con contundencia para que me diera cuenta de mi destino.

Los días venideros fueron un camino que nunca había recorrido, pero que sentía familiar, como si ya lo hubiera andado. Me acabé presentando en el Templo de Elune en busca de encontrar respuestas y consagrar mi vida a la diosa Luna. Me había salvado. Era lo mínimo que podía hacer.

 

 

Editado por Helades
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