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Hadrian d'Aubert

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Dark Omen's Morgan Bernhardt by JonasJensenArt

 

  • Nombre: Hadrian d'Aubert
  • Raza: Humano
  • Sexo: Hombre
  • Edad: 30 años
  • Altura: 1'82 metros
  • Peso: 83 kilogramos.
  • Lugar de Nacimiento: Tierras Altas de Arathi, Reino de Stromgarde.
  • Ocupación: Mercenario, veterano.
  • Alineamiento: Neutral
  • Historia completa

 

  • DESCRIPCIÓN FÍSICA:

Los años y la suerte han tratado bien a Hadrian. Si bien nunca fue el más recio ni el más fuerte de los hijos de aquel villorrio, siempre tuvo especial consideración por curtir su cuerpo y su mente. Los ojos, sumidos en profundas ojeras fruto de un descanso por lo general precario, son de color claro, y su melena negra como el tizón. No una mirada triste, o profunda, pero sí profundamente inexpresiva. Ninguna cicatriz ha conseguido adornar su rostro, al menos, por lo que se siente afortunado. Aunque no suele cuidar la melena que cubre su cabeza, sí que la trata de cortarla cuando el cabello comienza a ensortijarse. La nariz de tabique grueso y pronunciado; y los labios carnosos y bien marcados, normalmente resecos. Su tez no es del color más sano, aunque tampoco es un tipo paliducho..

 

  • DESCRIPCIÓN PSICOLÓGICA:

Leal como un perro, Hadrian rompería rara vez su palabra, aunque pese a todo es un tipo ambicioso. Recela de sus adversarios y aún más de sus aliados. Es un hombre taimado, que no dudará en usar a otros para sus intereses, pero que también sabrá cuidar de sus amigos y compañeros, fruto de su experiencia castrense. No se deja amedrentar fácilmente, aunque sabe cuándo es conveniente plantar cara y cuando no. Mantiene la cabeza fría en situaciones comprometidas, intentando inspirar el mismo sentimiento en los demás.

Parco en palabras, suele abrir la boca en contadas ocasiones para soltar alguna frase rebuscada o para vociferar órdenes. Esconderá sin embargo entre las primeras intenciones desconocidas, aunque con él nunca se sabe. Suele callar cuando los demás hablan, y escupe su discurso cuando ve necesario. La labia, como la espada, es otra herramienta ideal para alguien como él.

 

  • HISTORIA
Spoiler

 

Muchos lustros atrás, manos más honestas y capaces habían levantado aquel villorrio al pie del camino. Se le conoció como Muro Pardo, y lejos de prosperar y convertirse en una fértil población, la aldea se había vuelto más pronto que tarde en un erial destartalado e inerte, fruto de la mala tierra sobre la que se sostenía. Las familias, antes que el arado y los aparejos propios de la labranza, habían sido buenos guerreros de las montañas de Arathi.

No conocían en aquel risco otra vida. Formados en modestas partidas de mercenarios, los hombres y las mujeres de la localidad vendían sus servicios a otros señores más pudientes con los que costearse una vida escueta que les permitiera sobrevivir hasta la siguiente campaña.

No era aquel un rincón conocido por producir la mejor cebada, o los cerdos más sanos, pero sí que criaban recios muchachos que antes o después acababan inmolándose por la causa de algún noble pendenciero. Y fue allí donde Hadrian llegó al mundo, entre aceros y disciplina castrense. También fue en aquel lugar donde encontró la orfandad y algunos años después a Selene, capitana del Trueno Candente, una de aquellas partidas de guerra.

Después de aquellas horribles guerras que tanto se cebaron con el norte vino una relativa paz. Si el conflicto fue en general malo –pues la gran mayoría de habitantes de Muro Pardo yacían entre tantos cadáveres- la paz no fue mucho mejor; convertidos en bandas ociosas fueron muchos los que rapiñaron las inmediaciones, saquearon y violaron.

La justicia no se hizo esperar, y una noche cualquiera se echó sobre ellos: derribaron la torre del señor de la villa y lo decapitaron por traidor. A sus habitantes los diezmaron, quemaron las casas, se llevaron el ganado. Los que sobrevivieron se desperdigaron por los campos. Todos salvo una banda de hombres, los del Trueno Candente, que hicieron de aquella ruina su hogar.

[…]

Aquella noche de otoño el rumor de un viento frío y hostil se colaba por la rendija de la puerta de la cabaña. Dentro, siete personas compartían el poco calor que la tímida lumbre ofrecía a la estancia. La débil candela no era suficiente más que para arrojar una tenue luz colorada a los presentes. Fuera, el temporal anunciaba la pronta llegada de las primeras lluvias y con ello, el comienzo del otoño en las abruptas tierras de Arathi.

-¿Las tenéis?- Murmuró al final una de las voces, la de una mujer¿Tenéis ya la ruta que seguirá ese oro?

Todos acercaron las cabezas a otro hombre, que sacó de su morral un pergamino enrollado, aún con el sello de algún noble estampado, sin quebrar. La mujer alargó sus dedos, tomando el pergamino. Se levantó hacia una mesa contigua –prácticamente el único mobiliario de la estancia, a excepción de algunas pieles añejas repartidas por el suelo.

-Después de este, se acabó. –alcanzó a decir la interlocutora. Era una mujer entrada en años, pero que aún conservaba cierta juventud en el rostro y sus movimientos- Las intrigas se han terminado.

-Eso es lo que siempre mencionas. Después viene otro. Y otro. Cuando el rey envíe a sus jinetes detrás de nosotros ya será tarde.- El que habló era un hombre, quizá uno de los más veteranos. La mujer calló, escogiendo cuidadosamente sus palabras, aunque finalmente fue interrumpida por una nueva voz.

-El oro del rey no alimenta vuestros estómagos, ni paga vuestras putas. Lo hacemos nosotros. Y ningún hermano se licencia –carraspeó- hasta terminar siete trabajos. 

Era sin duda más joven que el otro y sin embargo su voz daba testimonio de una mayor autoridad, o al menos una mayor elocuencia: el resto calló. Lo cierto es que no muchos acababan los seis contratos. Pocas veces sobrevivían al primero.

Aquella tierra baldía de hombres y mujeres recias no había sido capaz esculpir en el ánimo de sus habitantes el gusto por la labranza, la tranquilidad y la apacibilidad que aquel modo de vida ofrecía. La espada, la lanza, aquellos eran modos de vivir que quizá sus parientes sureños no comprendieran. Pero allí, en la frontera de la civilización, los hijos de Arathor no podían permitirse omitir la llamada del acero.

Esas eran las palabras con las que Selene, la actual capitana, engatusaba una y otra vez a los que llamaban a su puerta. Jóvenes a los que el hambre apretaba más que las cadenas que los ataban a la tierra de los señoríos, y no querían acabar mendigando en las ciudades. Siempre había caras nuevas.

El Trueno Candente, vetusta compañía de otrora espadas a sueldo, había vivido tiempos mejores. Ahora, después de tres guerras, con un soberano débil y bajo una serie de líderes incompetentes, los guerreros se habían convertido en poco más que una banda de rufianes. En la mayoría de ocasiones bastaban los dedos de una mano para contarlos.

Aquella tarde, tres de los que compartían lumbre eran recién llegados. Hadrian, el segundo al mando, y en realidad la única voz escuchada sin rechistar, procuraba no prestarles demasiada atención. Pocos volvían a sentarse allí. Al principio se le hacía raro, pero llevaba más de una década viendo allí. Había visto muchas caras. Ninguno regresaba, nunca, y los que lo hacían agarraban las pocas monedas que ganasen y se largaban.

Había alcanzado a Selene a los catorce años, cuando escapó de la ciudad. Su abuelo, un viejo terrateniente, había renunciado a su título y donado sus tierras para unirse a la Iglesia de la Luz. Su padre, un borracho arruinado. Su madre, mujer de armas, muerta en algún conflicto insignificante entre señores. A él le tocaron las armas también, aunque nunca imaginó que de ese modo.

[…]

-¡Las levas del rey, por el camino! –Alcanzó a murmurar una de los mercenarios, poco antes de caer atravesado por una saeta.

Hadrian se plantó frente al resto. No tendrían los números, pero sí la destreza de su parte. Desenvainó la espada. Se enfrentaban a poco más de una docena.

-Aquí les despacharemos. No podemos perder el carro.

Una infeliz banda de hermanos, afirmaban quienes los conocían, infeliz y harapienta, pero no falta de arrestos y sacrificio. Allí yacieron por la causa de algún noble mediocre ansioso por vencer a otro señor de su misma ralea. Y el oro del rey siguió su camino. Los nobles contentos, el rey también. A duras penas pudo Hadrian huir, arrastrándose entre el fango y la maleza lejos del camino.

Hadrian no había cesado en su empeño, pues Selene fue una madre para él, de manchar sus manos y tiznar su acero de cuanta sangre precisare por salir de aquel atolladero de miserias. Siempre bajo la promesa de éste o aquel señor, que con su plata pagaba los servicios del Trueno para llevar a cabo sus maquinaciones, aquel tejemaneje de intrigas que una y otra vez se cebaba con ellos.

Aquella tierra maldita no había ofrecido a sus hijos más que sangre y humillación, y las armas eran lo único que los salvaba de todo aquello. Sin embargo, aferrarse a aquello era inútil. De Muro Pardo quedaba un torreón en ruinas, cuatro casuchas de madera putrefacta y dos habitantes. Tomo su decisión de huir a tierras más prósperas; libre de toda atadura y desoyendo la voz de Selene partió, a la espera de que la suerte o un plan más ambicioso le dieran un mejor porvenir.

 

 

Editado por Webley
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