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  1. Hadrian d'Aubert

    Nombre: Hadrian d'Aubert Raza: Humano Sexo: Hombre Edad: 30 años Altura: 1'82 metros Peso: 83 kilogramos. Lugar de Nacimiento: Tierras Altas de Arathi, Reino de Stromgarde. Ocupación: Mercenario, matón. Historia completa Descripción física: Los años y la suerte han tratado bien a Hadrian. Si bien nunca fue el más recio ni el más fuerte de los hijos de aquel villorrio, siempre tuvo especial consideración por curtir su cuerpo y su mente. Los ojos, sumidos en profundas ojeras fruto de un descanso por lo general precario, son de color claro, y su melena negra como el tizón. No una mirada triste, o profunda, pero sí profundamente inexpresiva. Ninguna cicatriz ha conseguido adornar su rostro, al menos, por lo que se siente afortunado. Aunque no suele cuidar la melena que cubre su cabeza, sí que la trata de cortarla cuando el cabello comienza a ensortijarse. La nariz, de tabique pronunciado, y los labios carnosos y bien marcados, normalmente resecos. Su tez, para ser un habitante de las montañas, tiene un color bastante sano. Descripción psíquica: A pesar que haber pasado tantos años intentando complacer los deseos de su capitana, Hadrian es un hombre ambicioso. Recela de sus adversarios y aún más de sus aliados. Es un hombre taimado, que no dudará en usar a otros para sus intereses, pero que también sabrá cuidar de sus amigos y compañeros, fruto de su experiencia castrense. No se deja amedrentar fácilmente, aunque sabe cuando es conveniente plantar cara y cuando no. Detrás de sus dulces y rebuscadas palabras siempre esconderá algún otro motivo, aunque con él nunca se sabe. Suele callar cuando los demás hablan, y escupe su discurso cuando ve necesario. La labia, como la espada, es otra herramienta ideal para alguien como él. Historia Muchos lustros atrás, manos más honestas y capaces habían levantado aquel villorrio al pie del camino. Se le conoció como Muro Pardo, y lejos de prosperar y convertirse en una fértil población, la aldea se había vuelto más pronto que tarde en un erial destartalado e inerte, fruto de la mala tierra sobre la que se sostenía. Las familias, antes que el arado y los aparejos propios de la labranza, habían sido buenos guerreros de las montañas de Arathi. No conocían en aquel risco otra vida. Formados en modestas partidas de mercenarios, los hombres y las mujeres de la localidad vendían sus servicios a otros señores más pudientes con los que costearse una vida escueta que les permitiera sobrevivir hasta la siguiente campaña. No era aquel un rincón conocido por producir la mejor cebada, o los cerdos más sanos, pero sí que criaban recios muchachos que antes o después acababan inmolándose por la causa de algún noble pendenciero. Y fue allí donde Hadrian llegó al mundo, entre aceros y disciplina castrense. También fue en aquel lugar donde encontró la orfandad y algunos años después a Selene, capitana del Trueno Candente, una de aquellas partidas de guerra. Después de aquellas horribles guerras que tanto se cebaron con el norte vino una relativa paz. Si el conflicto fue en general malo –pues la gran mayoría de habitantes de Muro Pardo yacían entre tantos cadáveres- la paz no fue mucho mejor; convertidos en bandas ociosas fueron muchos los que rapiñaron las inmediaciones, saquearon y violaron. La justicia no se hizo esperar, y una noche cualquiera se echó sobre ellos: derribaron la torre del señor de la villa y lo decapitaron por traidor. A sus habitantes los diezmaron, quemaron las casas, se llevaron el ganado. Los que sobrevivieron se desperdigaron por los campos. Todos salvo una banda de hombres, los del Trueno Candente, que hicieron de aquella ruina su hogar. … Aquella noche de otoño el rumor de un viento frío y hostil se colaba por la rendija de la puerta de la cabaña. Dentro, siete personas compartían el poco calor que la tímida lumbre ofrecía a la estancia. La débil candela no era suficiente más que para arrojar una tenue luz colorada a los presentes. Fuera, el temporal anunciaba la pronta llegada de las primeras lluvias y con ello, el comienzo del otoño en las abruptas tierras de Arathi. -¿Las tenéis?- Murmuró al final una de las voces, la de una mujer- ¿Tenéis ya la ruta que seguirá ese oro? Todos acercaron las cabezas a otro hombre, que sacó de su morral un pergamino enrollado, aún con el sello de algún noble estampado, sin quebrar. La mujer alargó sus dedos, tomando el pergamino. Se levantó hacia una mesa contigua –prácticamente el único mobiliario de la estancia, a excepción de algunas pieles añejas repartidas por el suelo. -Después de este, se acabó. –alcanzó a decir la interlocutora. Era una mujer entrada en años, pero que aún conservaba cierta juventud en el rostro y sus movimientos- Las intrigas se han terminado. -Eso es lo que siempre mencionas. Después viene otro. Y otro. Cuando el rey envíe a sus jinetes detrás de nosotros ya será tarde.- El que habló era un hombre, quizá uno de los más veteranos. La mujer calló, escogiendo cuidadosamente sus palabras, aunque finalmente fue interrumpida por una nueva voz. -El oro del rey no alimenta vuestros estómagos, ni paga vuestras putas. Lo hacemos nosotros. Y ningún hermano se licencia –carraspeó- hasta terminar siete trabajos. Era sin duda más joven que el otro y sin embargo su voz daba testimonio de una mayor autoridad, o al menos una mayor elocuencia: el resto calló. Lo cierto es que no muchos acababan los seis contratos. Pocas veces sobrevivían al primero. Aquella tierra baldía de hombres y mujeres recias no había sido capaz esculpir en el ánimo de sus habitantes el gusto por la labranza, la tranquilidad y la apacibilidad que aquel modo de vida ofrecía. La espada, la lanza, aquellos eran modos de vivir que quizá sus parientes sureños no comprendieran. Pero allí, en la frontera de la civilización, los hijos de Arathor no podían permitirse omitir la llamada del acero. Esas eran las palabras con las que Selene, la actual capitana, engatusaba una y otra vez a los que llamaban a su puerta. Jóvenes a los que el hambre apretaba más que las cadenas que los ataban a la tierra de los señoríos, y no querían acabar mendigando en las ciudades. Siempre había caras nuevas. El Trueno Candente, vetusta compañía de otrora espadas a sueldo, había vivido tiempos mejores. Ahora, después de tres guerras, con un soberano débil y bajo una serie de líderes incompetentes, los guerreros se habían convertido en poco más que una banda de rufianes. En la mayoría de ocasiones bastaban los dedos de una mano para contarlos. Aquella tarde, tres de los que compartían lumbre eran recién llegados. Hadrian, el segundo al mando, y en realidad la única voz escuchada sin rechistar, procuraba no prestarles demasiada atención. Pocos volvían a sentarse allí. Al principio se le hacía raro, pero llevaba más de una década viendo allí. Había visto muchas caras. Ninguno regresaba, nunca, y los que lo hacían agarraban las pocas monedas que ganasen y se largaban. Había alcanzado a Selene a los catorce años, cuando escapó de la ciudad. Su abuelo, un viejo terrateniente, había renunciado a su título y donado sus tierras para unirse a la Iglesia de la Luz. Su padre, un borracho arruinado. Su madre, mujer de armas, muerta en algún conflicto insignificante entre señores. A él le tocaron las armas también, aunque nunca imaginó que de ese modo. … -¡Las levas del rey, por el camino! –Alcanzó a murmurar una de los mercenarios, poco antes de caer atravesado por una saeta. Hadrian se plantó frente al resto. No tendrían los números, pero sí la destreza de su parte. Desenvainó la espada. Se enfrentaban a poco más de una docena. -Aquí les despacharemos. No podemos perder el carro. Una infeliz banda de hermanos, afirmaban quienes los conocían, infeliz y harapienta, pero no falta de arrestos y sacrificio. Allí yacieron por la causa de algún noble mediocre ansioso por vencer a otro señor de su misma ralea. Y el oro del rey siguió su camino. Los nobles contentos, el rey también. A duras penas pudo Hadrian huir, arrastrándose entre el fango y la maleza lejos del camino. Hadrian no había cesado en su empeño, pues Selene fue una madre para él, de manchar sus manos y tiznar su acero de cuanta sangre precisare por salir de aquel atolladero de miserias. Siempre bajo la promesa de éste o aquel señor, que con su plata pagaba los servicios del Trueno para llevar a cabo sus maquinaciones, aquel tejemaneje de intrigas que una y otra vez se cebaba con ellos. Aquella tierra maldita no había ofrecido a sus hijos más que sangre y humillación, y las armas eran lo único que los salvaba de todo aquello. Sin embargo, aferrarse a aquello era inútil. De Muro Pardo quedaba un torreón en ruinas, cuatro casuchas de madera putrefacta y dos habitantes. Tomo su decisión de huir a tierras más prósperas; libre de toda atadura y desoyendo la voz de Selene partió, a la espera de que la suerte o un plan más ambicioso le dieran un mejor porvenir.
  2. [Ficha] Hadrian d'Aubert

    Atributos 7 Físico 7 Destreza 6 Inteligencia 6 Percepción Valores de combate 28 Puntos de vida 18 Mana 7 Iniciativa 9 Ataque CC (Espada Pesada) 8 Ataque CC (Lanza ligera) 8 Ataque a Distancia (Ballestas) 9 Ataque CC Sutil (Dagas) 9 Defensa Habilidades Físico 2 Atletismo 2 Espada 1 Lanza ligera Destreza 1 Ballestas 2 Dagas 2 Cabalgar 1 Escalar 2 Defensa 1 Nadar 1 Sigilo Inteligencia 1 Callejeo 1 Comercio 1 Supervivencia/Cazar Percepción 1 Advertir/Notar 1 Buscar 1 Reflejos Escuelas/Especializaciones
  3. Recopilatorio de Sugerencias y Errores.

    Yo coincido con Thala, veo muy necesario extender-ampliar la cronología (que al final son los datos que mejor se pueden manejar, buscar entre los post de la historia se puede hacer complicado) y perfilar el lore custom de una forma más clara de cara a los jugadores, que a veces podemos patinar con las historias y tramas si no encontramos algún dato (esto evitaría también tener que estar cada dos por tres consultando a los Maestres para conocer su opinión) o la referencia adecuada. Por otro lado también propondría la ampliación del lore correspondiente a la Horda, de modo que la facción resulte más atractiva para los usuarios. Aunque llevo algunos meses ausente, entiendo que la mayoría de jugadores (por no decir la totalidad) están afincados en Elwynn o zonas del imperio humano por lo que supongo que será prioritario, pero no hay que descuidar al resto. Dado que es así, se podría hacer también una breve descripción de cada reino, sus líderes y su funcionamiento interno (A saber, si se trata de una cultura con una economía urbana o rural, con un poder centralizado o descentralizado, la influencia que puedan llegar a tener otras facciones como la iglesia o los gremios en sus territorios...). El tema de la monarquía electiva es bastante interesante también, pero da la impresión de que es un cascarón vacío y salvo algunos preceptos, como el tema de la promoción estamental, desconocemos la mayoría de factores que puedan influir luego en los roles (que pueden ir desde cagarse en la reina a intentar montar un negocio o una orden militar.) Y eso, para lo que queráis podéis contar conmigo. Un saludo!
  4. Hollard Bolster

    Eventos Creados: - - - Eventos Asistidos: - - -
  5. [Ficha] Hollard Bolster

    Atributos 6 Físico 8 Destreza 6 Inteligencia 6 Percepción Valores de combate 24 Puntos de vida 18 Mana 8 Iniciativa 10 Ataque CC Sutil (Espada Larga/ Bastarda) 10 Ataque CC Sutil (Dagas) 10 Defensa Habilidades Físico 2 Atletismo Destreza 2 Espada Larga (Bastarda) 2 Dagas 1 Cabalgar 2 Defensa 1 Nadar Inteligencia 2 Comercio 1 Leyes 1 Navegar 1 Supervivencia/Cazar 1 Tradición/Historia Percepción 1 Advertir/Notar 2 Reflejos
  6. Hollard Bolster

    Nombre: Hollard Bolster Raza: Humano. Sexo: Hombre. Edad: 46 años. Altura: 1'77 metros. Peso: 82 kilogramos. Lugar de Nacimiento: Risco Pálido, Montañas de Crestagrana. Ocupación: Marino, espada libre, vividor. Historia completa Descripción física: Descripción psíquica: Historia:
  7. "Your login interfaces are corrupt"

    A mi me pasó también y lo solucioné descargando todos los parches de nuevo (porque no sé cual de ellos es el que estaba mal). Me da a mi que ocurre cuando se corrompe la descarga de alguno de ellos.
  8. [Evento] La caravana de la esperanza.

    //En principio me apunto con Laeris, pero te lo confirmo el mismo sábado, que aún no sé si andaré por casa la tarde del domingo.
  9. [Ficha] Laeris Thaedas

    Atributos 6 Físico 8 Destreza 6 Inteligencia 6 Percepción Valores de combate 24 Puntos de vida 18 Mana 7 Iniciativa 10 Ataque CC Sutil (Dagas) 10 Ataque CC Sutil (Espada ligera) 10 Defensa Habilidades Físico 2 Atletismo Destreza 2 Dagas 2 Espada ligera 1 Cabalgar 2 Defensa 2 Sigilo Inteligencia 1 Callejeo 2 Comercio 1 Supervivencia/Cazar Percepción 1 Advertir/Notar 1 Rastrear 1 Reflejos Escuelas/Especializaciones
  10. Laeris Thaedas

    Nombre: Laeris Thaedas Raza: Quel'dorei Sexo: Hombre Edad: 124 Altura: 1'80 Peso: 78 Lugar de Nacimiento: Lunargenta Ocupación: Espada de alquiler Historia completa Descripción física: De tez sensiblemente más morena que sus compatriotas, es esbelto y de buen porte. Su rostro tiene alguna que otra cicatriz y salta a la vista que le han partido la nariz en alguna ocasión. La oreja izquierda yace rajada por la mitad, fruto de un corte que cicatrizó bastante mal. Su espalda muestra el fruto de largas sesiones de tortura que le han dejado marcas de latigazos, y en el costado derecho tiene, marcado a fuego, el símbolo de la Cruzada Escarlata. Le falta la primera falange del anular derecho, también fruto de las torturas a las que fue sometido. Obviando estas características, presenta el semblante propio de un quel'dorei, de facciones finas y marcadas. Luce una melena negra -recogida normalmente en una coleta- y algo de barba. De aspecto para la mayoría desaliñado, suele vestir de manera modesta y desarrapada, dada su limitada capacidad económica. Normalmente emplea una coraza de cuero ajada y descolorida que tiempo atrás fue presentó una fina manufactura, de colores pardos, en definitiva poco llamativa. Descripción psíquica: De expresión taimada, aunque profundamente atormentado por las acciones que durante los últimos tiempos llevó a cabo. Parco en palabras, aunque aprecia el buen vino y una conversación si se dan las circunstancias adecuadas. Suele pasar el tiempo callado, sin relacionarse demasiado con los demás. Ha aprendido a hacer lo necesario para sobrevivir, y no suele vacilar a la hora de hendir su hoja en la carne de otros. Poco después llega el arrepentimiento. Aborrece a los humanos y su debilidad de espíritu, considerando ésta la lacra que ha quebrado a tantos de sus hermanos, tornándolos seres embrutecidos y sin un objetivo en la vida. Al fin de cuentas un tipo solitario que prefiere no depender de nadie. Historia:
  11. Visual de los items

    Atracador enemigo, Espada de una mano, 29913 Mandoble, Espada de dos manos, 1198 Escudo redondo grande, escudo, 2129
  12. [Ficha] Bertrand

    Atributos 7 Físico 6 Destreza 6 Inteligencia 7 Percepción Valores de combate 28 Puntos de vida 18 Mana 9 Iniciativa 9 Ataque CC (Espada bastarda) 7 Ataque a Distancia (Ballestas) 8 Defensa Habilidades Físico 2 Atletismo 2 Espada larga (Bastarda) Destreza 1 Ballesta ligera 2 Cabalgar 1 Escalar 2 Defensa 1 Nadar Inteligencia 2 Supervivencia/Cazar 1 Tradición/Historia Percepción 2 Advertir/Notar 1 Rastrear 2 Reflejos
  13. Bertrand

    Nombre: Bertrand Raza: Humano Sexo: Hombre Edad: 29 Lugar de Nacimiento: Alterac Ocupación: Espada a sueldo, buscavidas. Alineamiento: Caótico Neutral Afiliaciones: Ninguna Descripción física: De una altura considerable si bien no es todo lo corpulento que debiera, es un hombre fuerte que puede aún resistir el peso de una armadura en combate. De ojos pardos y mirada seria, suele sonreír. Tiene una cicatriz bajo el pómulo derecho que la barba no alcanza a esconder, así como alguna otra en el torso, oculta bajo los ropajes. Su melena, de una longitud media, es de color castaño. Se conserva bastante bien para lo que se espera de un hombre de su condición. Descripción psíquica: Nunca ha sentido apego por las formas y dignidades propias de la nobleza, aunque hace gala de ellas cuando la ocasión lo merece. Los años de guerra y hambre han marcado su carácter, convirtiéndolo en un hombre marcial a la hora de dirigir a los suyos y con un profundo sentido del deber para con quien contrata sus servicios, aunque valora salvar el pellejo antes que mantener su palabra. Detrás de esta fachada, herencia de la educación que una vez recibió, se esconde un tipo ambicioso y con las ideas claras que hará lo necesario para conseguir lo que quiere. Historia Todavía crepitaban las últimas ascuas en aquel cadáver de hoguera cuando espabiló de manera repentina. Comenzaba a despuntar y las primeras aves silvestres emitían sus quejidos matutinos. Respiró hondo y paladeó, emitiendo una suerte de quejido; la cabeza le daba vueltas y la brisa nocturna había entumecido su cuerpo. La última parte de su ritual fue incorporarse a tientas y buscar algo que echarse a la boca, para aclarar su garganta. La vida en general no había sido demasiado generosa con Bertrand, y tendía a arrebatarle todo casi de un modo caprichoso, aunque no se podía quejar de su suerte. Su padre era un pequeño propietario de Alterac, putañero y bebedor del que no supo ni el nombre. La madre dejó al pequeño antes de que fuera consciente si quiera del peso del mundo. Desde entonces estuvo solo en las calles de aquella ciudad en la que el invierno parecía eterno, sobreviviendo sólo gracias a algún alma bondadosa, a los recados puntuales por los que algún artesano le ofrecía y a una astucia que afloró pronto en la mente del crío. Ser un crío en las calles nunca fue fácil, y serlo en las calles de una ciudad en bajo asedio mucho menos. La Segunda Guerra había estallado meses atrás, y cuando los primeros estandartes de Stromgarde perfilaron el horizonte Bertrand estaba malviviendo entre aquellos muros, y por ende encerrado. Legiones de hombres de Arathi arrasaron con todo lo que veían y pasaban a cuchillo a todo el que opuso resistencia de camino a la capital del reino, donde el miedo y el hambre comenzaban a cobrarse sus primeras víctimas. Rebuscó entre las pertenencias de muertos y moribundos más de una vez. Con los arietes quebrando las puertas y los muros derrumbándose junto al resto del reino de Perenolde, parecía que el chiquillo iba a terminar sus días clavado en una estaca como el resto de sus congéneres. En última instancia, uno de los muchos guerreros que recorrían las casas saqueando y quemando se apiadó de su pobre existencia, tomándolo como paje. Se acomodó junto a las brasas, palpándose sus sienes en lo que evocaba su primer golpe de suerte. Algo de sangre seca se había acumulado en una de ellas debido a un porrazo, hacía dos noches de aquello, quizá. Fuese como fuese había llegado el momento de mover ficha. Después de unos minutos se incorporó, apagó el fuego y tomando sus escasas pertenencias –su espada, un cuchillo, y el apenas abultado petate a la espalda- emprendió camino al oeste. Nunca tuvo grandes pretensiones, aunque sí que soñaba con el día en que por fin pudiera asentarse y comenzar a mover hilos; labrarse un futuro, como quien dice. Estaba harto de la mala vida a la que hasta entonces le habían sometido los designios del destino. En la ciudad de Stromgarde las cosas cambiaron mucho para Bertrand. Ya había concluido la guerra, con la victoria de la Alianza, para cuando alcanzaron sus puertas. Su protector resultó ser un caballero que impuso al muchacho una disciplina castrense, además de instruirlo en el uso de las armas, se encargó de que su sirviente aprendiese a leer y escribir –nociones básicas para un escudero quizá, pero algo a lo que el muchacho jamás habría podido aspirar- creció ejercitando el cuerpo y la mente, mas el pajar en el que convivía con otros dos sirvientes siempre se le antojó demasiado poco, sobre todo teniendo en cuenta la enorme cantidad de tareas que debía de hacer para su amo. Fue durante aquellos años cuando sintió el anhelo de la llamada del hogar. Había habladurías de que los restos del marchito reino norteño se arremolinaban bajo el estandarte de la Hermandad, y que pretendían reclamar las colinas que en otro tiempo fueron arrebatadas. Seguro de que no volvería a pisar Stromgarde, no al menos por voluntad propia, aprovechó la noche y se escabulló, considerando su deuda más que saldada. De hecho reclamó los intereses de aquella servidumbre, robando una de las espadas que su señor guardaba con tanto recelo en el caserío. Se instaló en el norte y pasaron los años. Conoció lo que quedaba de su gente, los fieles a los Perenolde, luchando una cruzada perdida por recuperar su independencia. No tardó en llegar el bandidaje, el dinero fácil y las rencillas por el botín que obtenían de aquellos que se interponían entre ellos. Estaba a punto de estallar la Tercera cuando se hizo con el liderazgo de aquella banda de golfos y ladrones. Para cuando la plaga comenzó a hacer estragos en el norte, y con las partidas de Stromgarde pisándoles los talones, convenció al grupo para alistarse como una compañía mercenaria al servicio de Lordaeron. El recuerdo de aquella infructuosa guerra, aquella derrota anunciada de antemano, le resultaba amargo aún entonces. Pese a que el mundo se había tambaleado tanto durante aquellos años, las carnicerías presenciadas y tantos compañeros que terminaron siendo pasto de la muerte recorrían su médula con un trémulo escalofrío. Desertaron. Todo el que pudo huyó como una rata hacia el sur, rezando por que aquella putrefacción no lo alcanzase. Y en el caso de Bertrand no lo hizo, pero tal vez ahí terminara su suerte. La brisa matutina que ofrecían los bosques del sur no tenía nada que ver con aquel aire fresco y limpio que soplaba en las colinas. De hecho poco tenían que ver los urbanitas de Elwynn con su gente, recios y acostumbrados no solo a las inclemencias del clima, sino a lidiar con ogros, orcos, y todo lo que había decidido asentarse en aquel valle. Despreciaba la comodidad de los sureños en cierto modo, aunque no era estúpido: tenían oro, y el oro compraba hasta los corazones más rectos. Trabajaba de recadero aquí y allá, propinando alguna paliza, cortando leños, cargando sacos, hundiendo su hoja en el pecho de algún desdichado si la ocasión lo merecía. Nada había cambiado en aquellos años de éxodo, aunque los gnolls infestaban los bosques desde hacía tiempo. Y aquello le devolvió la suerte. Una semana antes, encontró a dos moribundos en el linde del camino. No podía hacer mucho por los hombres, que habían sucumbido probablemente emboscados por los hombres perro. Ahorró el sufrimiento del que aún respiraba, y se dispuso a examinar sus pertenencias. Junto con algunas monedas de plata y un par de botas nuevas encontró una carta. La ojeó sin demasiados miramientos. Un tal Edric Bolster tenía que morir y aquello significaba dos cosas. La primera que era un tipo importante, la segunda que aquella información valía un precio. Y si Edric no podía pagar, quizá quienes lo querían muerto si lo hicieran. Su suerte volvía a cambiar.