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Webley

Laeris Thaedas

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  • Nombre: Laeris Thaedas
  • Raza: Quel'dorei
  • Sexo: Hombre
  • Edad: 124
  • Altura: 1'80
  • Peso: 78
  • Lugar de Nacimiento: Lunargenta
  • Ocupación: Espada de alquiler
  • Historia completa

Descripción física:

De tez sensiblemente más morena que sus compatriotas, es esbelto y de buen porte. Su rostro tiene alguna que otra cicatriz y salta a la vista que le han partido la nariz en alguna ocasión. La oreja izquierda yace rajada por la mitad, fruto de un corte que cicatrizó bastante mal. Su espalda muestra el fruto de largas sesiones de tortura que le han dejado marcas de latigazos, y en el costado derecho tiene, marcado a fuego, el símbolo de la Cruzada Escarlata. Le falta la primera falange del anular derecho, también fruto de las torturas a las que fue sometido. Obviando estas características, presenta el semblante propio de un quel'dorei, de facciones finas y marcadas.

Luce una melena negra -recogida normalmente en una coleta- y algo de barba. De aspecto para la mayoría desaliñado, suele vestir de manera modesta y desarrapada, dada su limitada capacidad económica. Normalmente emplea una coraza de cuero ajada y descolorida que tiempo atrás fue presentó una fina manufactura, de colores pardos, en definitiva poco llamativa.

Descripción psíquica:

De expresión taimada, aunque profundamente atormentado por las acciones que durante los últimos tiempos llevó a cabo. Parco en palabras, aunque aprecia el buen vino y una conversación si se dan las circunstancias adecuadas. Suele pasar el tiempo callado, sin relacionarse demasiado con los demás. Ha aprendido a hacer lo necesario para sobrevivir, y no suele vacilar a la hora de hendir su hoja en la carne de otros. Poco después llega el arrepentimiento. Aborrece a los humanos y su debilidad de espíritu, considerando ésta la lacra que ha quebrado a tantos de sus hermanos, tornándolos seres embrutecidos y sin un objetivo en la vida. Al fin de cuentas un tipo solitario que prefiere no depender de nadie.

Historia:

Spoiler

 

El día que lo "armaron" caballero estuvo exento de todo lujo y los esperpentos ceremoniales que tanto gustaban a los humanos. Ocurrió hacía ya años, en medio el caos en el que se sumió el norte tras la aparición del Azote y la devastación de reinos y ciudades. Fue en un claro de Tirisfal, escenario de una batalla entre la Cruzada Escarlata y los suyos. Muchos perecieron, la totalidad de sus compañeros de armas y también un buen puñado de cruzados. Allí, de manera oficiosa, fue nombrado caballero y lugarteniente del Duque.

Él había llegado a lo que otrora fuera Lordaeron junto a una caravana de  refugiados thalassianos sin ninguna intención de volver a aquella tierra ahora inquieta y profanada. Nunca había temido la llamada a las armas y siempre destacó por su valentía, aunque distaba mucho de ser temerario. Laeris Thaedas había pasado el siglo hacía ya algún tiempo. Era el primogénito hijo de una familia de artesanos y comerciantes bien afianzada en Lunargenta, aunque desde joven mostró interés por la carrera de armas. Resultó el muchacho no sólo ser un decente espadachín sino que también mostró picardía y saber desenvolverse entre finanzas, por lo que algún día heredaría aquella empresa familiar. Todo aquello se torció cuando las hordas de muertos vivientes irrumpieron en los herméticos bosques élficos. Acudió a presentar batalla y, derrotado, huyó con los suyos, reorganizando como pudo una resistencia. Con todo perdido y ante el abandono de su príncipe, decidió emprender la marchó hacia el sur como muchos otros.

La situación no era mucho mejor en aquella tierra maldita disputada entre diversas facciones de vivos y muertos. Fue entonces cuando fue a parar frente a las huestes del Duque. Aquel hombre respondía y honraba dicho título mejor que muchos otros de noble condición; de mirada taciturna y barba poblada no era más que un villano que haciéndose con la armadura de su difunto señor, un paladín de la extinta Mano de Plata, había reunido y acogido bajo su dirección a todo aquel que pudo proteger. Cabalgó con su séquito, apoyándolo primero como un mero soldado más, luego, como su lugarteniente. Sucedieron los meses y la situación de los humanos y sus aliados era cada vez más desesperada. En medio de todo aquello surgió la Cruzada Escarlata, quienes comenzaron a dirigir sus embates ya no sólo contra la muerte, sino frente a quienes desafiaran su poder y menospreciasen su autoridad en aquel páramo putrefacto. Declarados bandidos por los cruzados, fueron allí a morir.

Frente a lo que esperaba -ser degollado en el campo donde todos sus camaradas habían perecido- fue hecho prisionero y enviado a un torreón perdido entre la espesura. Allí conoció a su captor, un sádico, autoproclamado inquisidor, si bien no era más que un mero torturador de la Cruzada que, con cierta impunidad, había entendido otro modo de hacer la guerra.

Allí, con la intención de transformarlo en una herramienta, lo sometió a todo tipo de padecimientos, el hierro candente, el látigo, hambre y frío. La tortura no había cesado en semanas, así como tampoco él se había postrado ante los designios de aquellos pobres desgraciados. Hacinado en una jaula y tratado como que perro pulgoso su orgullo no era lo único que había resultado herido; su espalda quedó repleta de cicatrices que el tiempo no borraría, le habían amputado una falange del dedo anular en la diestra, gangrenado al golpearlo con un martillo y su fino rostro estaba cubierto por magulladuras.

Terminó por ceder, asumiendo la doctrina escarlata, aceptando convertirse en un purgador de la herejía mediante el acero. Siempre oculto a los ojos de los miembros de la Orden, dado que no era humano. Asumió que aquel era el único modo de sobrevivir que tenía, y también el único de llegado el momento oportuno, escapar. Así pasó los días, vagando allá donde su amo lo requería, asesinando a vivos, muertos y acallando cualquier voz que se alzase en el seno de la organización.

Se ganó así la confianza del inquisidor y cobró su vida en una suerte de acto redentor una noche lóbrega y lluviosa, donde los gritos del que fuera su captor quedaron ahogados por los truenos y el fuerte repiquetear del agua sobre el tejado de tan penosa estructura. Furtivo y al amparo de las sombras prendió fuego al lugar, tras lo que partió en un caballo robado hacia el sur.

Había cambiado mucho en él, tanto en su porte como en los principios que un día rigieron su vida. La tan apreciada libertad, por la que tanto había padecido. La marcialidad había dejado paso a una actitud apática y animosa. Refugiado en la bebida, trastornado por todo lo que se había visto obligado a hacer deambuló por las tierras humanas de Arathi, poniéndose al servicio como espada de quien se lo pudiera costear.

Sin embargo, no había olvidado el deber que contrajo un día con los desamparados, y fantaseaba muy a menudo con el recuerdo ya lejano de los tiempos en los que cabalgó con el falso duque y sus aliados. Queriendo huir de aquel páramo miserable, deseoso de cambiar su vida, empeñó sus pocos ahorros en un pasaje seguro hacia tierras de Ventormenta. Era un lugar, según decían, repleto de oportunidades para empezar de cero.

 

 

Editado por Webley

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