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Bastián

Karvath Sin'Feloth

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Nombre del Personaje
Karvath Sin'feloth

Raza
Elfo de Sangre

Sexo
Hombre

Edad
119

Altura
1,91m

Peso
88kg

Lugar de Nacimiento
Quel'thalas

Ocupación
Arma del Nuevo Régimen

Descripción Física

Elfo sanguinario de 1.91 metros de altura, de cuerpo musculoso y entrenado desde su juventud, revitalizado gracias a la magia vil,  de tez neutra corrompida por cicatrices de sus batallas alrededor de todo su cuerpo, que llegan a iluminarse con un tono verde corrupto cuando manipula las energías del caos, especialmente aquellas en el brazo derecho y la pierna izquierda. Con un rostro serio, compuesto por una nariz recta y un mentón anguloso, acompañados de una mirada afilada, cuyos ojos vibran con el tenue brillo vil propio de su raza, que pueden encenderse con mucha intensidad en ocasiones. Su cabello blanquecino crece relativamente bien cuidado, restaurado, en una larga melena que cae detrás de su espalda, con una coleta que le resta volumen para que no se vuelva una molestia durante sus quehaceres.

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Descripción Psíquica

Karvath solía estar consumido por la venganza, tratándose de alguien impulsivo y temerario. Los recientes sucesos que sacudieron su vida han templado su carácter, volviéndolo estratégico y calculador, que rara vez va desgastarse en peleas absurdas, prefiere evitar el combate directo y ante todo preservara su propia integridad, dueño de una astucia casi taimada, sabe perfectamente cuando debe ser obediente y cuando puede permitirse la irreverencia. No es especialmente abierto al dialogo, manteniéndose distante con sus semejantes, con un perfil arisco y en ocasiones, sarcástico. conservando un código de honor visible en sus acciones como secuela de su pasado como soldado, aunque puede volverse flexible si la situación se vuelve compleja. Fiel seguidor del Príncipe, desprecia a cualquiera que se oponga al Camino Dorado, aunque valora a aquellos que son capaces de seguir sus propios principios, aunque le parezcan absurdos, considerándolos activos capaces y predecibles, ergo, controlables. Patriota de corazón, evitara a todo costo que se repita lo sucedido hacia años en Quel'thalas, considerando que con el levantamiento de la prohibición de la magia vil, la llegada del Nuevo Régimen es el camino a seguir, dispuesto a servirles como herramienta de guerra. Sin embargo, sospecha de lo contaminada que esta su sociedad de virtudes y políticas contrarias a esto, por lo que rara vez mostrara su apasionado patriotismo, vigilando desde las sombras a los subversivos.

Ficha Rápida
No (600 palabras mínimo)

Historia

Avanzó exhausto a través del yermo infernal, el viento soplaba violentamente contra su cara y los nubarrones de polvo rojizo le impedían ver algo más allá de la tierra agrietada bajo sus pies, los cielos rugían siempre sacudidos por una tormenta de energías que estallaban en forma de relámpagos que chocaban una y otra vez, un fascinante y al mismo tiempo atemorizante fenómeno. Karvath caminaba cojeante bajo ella, bajo una de sus piernas impedida por la mordedura de un acechador vil, con el brazo derecho agarrotado se aferraba débilmente a la espada que le había permitido mantener a raya a las bestias demoniacas, que sin embargo aún lo acechaban, esperando al momento en el que cayera debilitado, siguiéndolo con esos ojos verde vileza acompañados del inquietante sonido de sus gruñidos y gargajos. El elfo sanguinario cada vez parecía hallarse más agotado, tanto física como mentalmente, desde lo sucedido en Quel’thalas, había dejado de sentirse como un verdadero soldado, el fracaso lo acosaba de la misma forma que lo hacían los canes viles, incesante, incapaz de permitirle el descanso. Haber combatido a la Plaga y a su pueblo transformado en marionetas putrefactas, meras carcazas sin cerebro ni alma, fue traumático, humillante, pero ver a tu propia familia en ese estado… fue algo que lo quebró de mil formas. Lleno de rabia se unió a la partida de Kael’thas, asignado a un batallón donde debía cumplir con las funciones de un líder, y sin embargo, dominado por la ira y su juicio nublado por el dolor, finalmente llevo a sus propios soldados a una muerte segura en una batalla contra uno de los señores viles que campaban en Terrallende, ahora cazado por sus perros como mero divertimiento de aquel señor demonio. Aun podía recordar su risa mientras los elfos que lo seguían aullaban de dolor. Suspiró. Había fracasado como miembro de la casa Sin’feloth y como soldado, defraudó al príncipe al que servía y ahora se arrastraba moribundo por esta tierra de muerte y destrucción. Que fracaso.

Aceptando su destino, dejo caer su espada al suelo, no le quedaban fuerzas ni esperanzas, al detenerse, sus piernas rápidamente comenzaron a temblar y pronto se colapso contra el suelo, desplomándose con un golpe seco, sus brazos cansados no lograron levantarlo y solo pudo mover su cabeza, observando como los canes viles se acercaban hacia el lentamente. El gruñido de esas criaturas y sus garras hundiéndose en el suelo lentamente acompañaban el violento sonido del viento que rasgaba su piel. Desangrándose en el suelo abrió con fuerza sus ojos cuando repentinamente oyó como los demonios se alejaban deprisa, confuso, comenzó a oír dentro de su cabeza una voz en una lengua que antes le era desconocida, sin embargo, la había oído antes, pronunciada por los demonios que había estado combatiendo…

 

***

 

Quel’thalas se veía majestuosa como alguna vez lo fue, pero bien sabían los Sin’dorei que esto era mera superficialidad, el reino seguía sufriendo la mácula herida que les provoco Arthas. Los problemas tanto internos como externos los habían puesto en una situación delicada, y Karvath deseaba reparar su fracaso con el reino, pues su lealtad era con este y su príncipe, aunque esto no fue así de fácil, el régimen de Lor’themar había prohibido las poderosas artes que había estado aprendiendo y ante la posibilidad de nuevamente fracasar, decidió mantenerse en las sombras, contribuyendo a la defensa de Lunargenta por su propia cuenta, mezclándose con individuos de dudosa moralidad en toda clase de células de brujos y ocultistas en el submundo de la ciudad. Aunque estaba integrado en esta urbe, no guardaba simpatía alguna por el resto de brujos y otra clase de hechiceros que la componían, incluso aunque muchos aseguraban hacerlo por el bien del reino, rara vez esto era cierto, pues desde lejos se veía como sus empresas personales eran su principal motivación. Su sociedad estaba corrupta y esto era algo que lo asqueaba, mas no podía manifestarlo, el régimen era inflexible en cuánto a su mirada sobre la magia vil y debía respirar el mismo aire que aquellas alimañas ambiciosas de poder el tiempo que sea necesario, hasta que pueda hacerse cargo el mismo de prevenir lo que su maestro le había enseñado.

Por esto, cuando los emisarios Bel’dorei de Kael’thas llegaron y alteraron el orden del régimen, Karvath no dudo en entregar a aquellos corruptos con los que había estado amistándose los últimos años. Podía confiar en si mismo, ¿pero en otros? No, deseaba ver caer a todos estos corruptos que usaban el cuento de “contribuyo al bien del reino” para cometer sus actos heréticos e ilegalidades, aunque había algunos que genuinamente parecían hacerlo, mantuvo vigilados a aquellos que no hasta que se presentó la oportunidad de que fueran castigados.  Por esto pudo seguir ayudando a la defensa del reino, pero esta vez bajo la vigilancia del nuevo régimen y sin la necesidad de esconderse en las sombras. Aun así, tras haber cazado a los corruptos, no podía seguir confiando el resto de los usuarios viles, aquellos que intentaban amaestrar las energías del caos sin haberlo visto con sus propios ojos, sin conocer lo que él conoce, eso que su maestro le enseñó y hasta ahora… parece estar cumpliéndose. Aunque desde su regreso a Quel’thalas no podía hablar personalmente con él, había mantenido el contacto gracias a un pequeño obsequio de su parte, uno de sus sirvientes que ahora le servía a él le servía de mensajero y esbirro. Aunque rara vez recibía una respuesta clara, ocasionalmente, sus instrucciones eran muy específicas, y por mucho que su lealtad fuera con Lunargenta, era mejor mantenerlo contento, de esta forma podría adquirir el conocimiento para emplear su poder en beneficio de la nación, y quizá hasta volverlo en su contra, mas ello era un plan en el que aún debía pensar con detenimiento, de momento volvía a ser hora de desenfundar su espada y empuñarla con su mano, esta vez no débil ni cansada, sino firme y envuelta en las llamas del más puro caos.

Editado por Bastián

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